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caben dudas, y sin vacilación alguna, los paraguayos preferimos y elegimos aun
antes de nuestra Independencia Patria y en la
constituyente de 1992, el
régimen republicano y democrático, lo preferimos a cualquier otro sistema de
gobierno, por los fundamentos que son los mas elevados principios que comunican
el contenido del sistema democrático, la tradicional inclinación de nuestro
pueblo en sostener sus postulados desde las horas ya lejanas del coloniaje
español, la que constituye uno de los capítulos más gloriosos de nuestra
Historia Patria y un motivo de orgullo legítimo para nuestra Nacionalidad
Paraguaya.
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Casa de la Independencia ubicada sobre la calle Presidente Franco
esquina
14 de mayo, Asunción. |
En efecto, desde aproximadamente un siglo antes de
que en el cielo del Paraguay asomara el sol de la libertad emancipadora, y
adelantándose en más de cincuenta años a la independencia norteamericana y a la
revolución francesa, en el alma de los nativos de esta tierra se agitaba ya la
idea de sacudir el yugo foráneo, inspirada en el anhelo de atribuir al "Común",
la soberana decisión de sus propios asuntos.
El motivo ocasional de las primeras manifestaciones reveladoras de ese
sentimiento, fue el conflicto que surgió entre
el Cabildo de esta ciudad y Diego
de los Reyes Balmaseda, alcalde provincial de la misma, promovido al cargo de
Gobernador del Paraguay, a raíz de unas arbitrariedades que, a aquél se le
imputaba en el desempeño de sus funciones. Después de que José de Antequera y
Castro destituyera a Balmaceda, los criollos le nombraron su sustituto.
En el asunto tuvo que intervenir la Audiencia de
Charcas y luego el Virrey del Perú, degenerando después en una larga y enconada
lucha, que duró unos doce años y terminó con la derrota de los gloriosos
comuneros y con la inmolación de José de Antequera y Castro y Femando Mompox,
dos de sus brillantes caudillos.
Pero si la noble rebeldía libertaria fue debelada "la doctrina de que sobre
todas las voluntades debía prevalecer la voluntad del "común" fue adentrándose
en el espíritu de "la altiva provincia", que puede señalarse, con propiedad y
con justicia como la cuna de la libertad de América.
"Los paraguayos eran -dice José Manuel Estrada citado por Viriato Díaz Pérez-
celosos de su derecho, y en repetidas ocasiones probaron que sabían buscar con
energía el ideal en que fundada o ilusoriamente cifraban la ventura común y
resistir con vigor a todos los avances de las doctrinas o de los poderes
opuestos. Así se mantenía el nervio popular".
La célebre Revolución de
los Comuneros, inspirada en el elevado ideal
democrático y reprimida sangrientamente, ha demostrado cuan cierto es aquello de
que "se pueden inmolar cruelmente las vidas humanas, como José de Antequera y
Castro y Fernando Monpox, dos de sus brillantes caudillos, pero no las ideas,
que renacen y transmigran de generación en generación, y en tenaz metempsicosis,
hasta hacerse cuerpo sin que puedan aniquilarlas los horrores ni las tiranías"
decía José Manuel Estrada, citado por Viriato Díaz Pérez (1).
Fue así como esa idea de libertad se hizo realidad el
14 Y 15 mayo del 1811, y
se afirmó posteriormente contra todas las pretensiones y tentativas para abatir
o anular nuestra independencia.
Nuestro pueblo, aparte del singular relieve que le distinguió como una nación
bien definida entre todos los núcleos coloniales, desde las horas iniciales de
la conquista española, demostró tener un alto concepto de su libertad y un
sentido claro de su derecho a gobernarse a sí mismo.
El largo período de dictadura de
José Gaspar Rodríguez de Francia, (1814-1840)
que soporto el Paraguay después de su emancipación del poder español solo se
explica ante la consideración, a la "suprema necesidad de conservar la
independencia patria ante los propósitos bien conocidos de uncirlo nuevamente a
ese inexcusable yugo". Fue con esa proclama que, José Gaspar Rodríguez de
Francia, se declaró
Dictador Supremo.
Hoy, una nuestra fuerte tendencia cultural influye en la ciudadanía paraguaya,
en el sentido de suprimir todos los yugos. Los entiende en bloque, sin reservas,
como atentatorios a su libertad.
El episodio -Rodríguez de Francia- deja una apasionante tarea para los
sociólogos. Estos estudiosos que no han logrado enraizar en nuestro pueblo la
convicción de que toda norma o ley moral, lejos de ser un atentado contra la
libertad, es un signo y seguro de vida. Por otro lado, tras de cada norma
restrictiva de la libertad, esta germina, cuajada de promesa, una semilla de
afirmación de la propia libertad que el pueblo reclama.
Una tradición varias veces secular ubica, por tanto a nuestro país entre los
primeros que han buscado en la democracia republicana la solución de sus
problemas.
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