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valle fue cambiando de fisonomía, y lentamente se fue transformando en un
villorrio, con toda la naciente dimensión que estos tenían, che valle, es como
decir compueblano, pariente, mi valle, expresión que hasta nuestros días se
suele escuchar llamándose en forma cariñosa, como que si se tratara de la patria
chica.
Durante la colonia, monótona y gris, transcurría la vida en ciudades y pueblos.
"La falta de alumbrado público -dice
Fulgencio R. Moreno* - dejaba la suerte del transeúnte librada a las
mortecinas luces de sus faroles menos apropiadas para guiar sus pasos, que para
dirigir la acción de algún desvalijador nocturno.
La vida de la ciudad, por la influencia de sus orígenes más qué por la práctica
constante de un forzado retraimiento, cesaba por lo general con las últimas
claridades del día, exceptuados naturalmente los ocasionales paseos, reuniones y
serenatas a la luz de la luna.
Desde la hora de la retreta, que indicaba con sonoras campanadas el reloj del
Cabildo, el profundo silencio de la noche sólo era interrumpido por el paso de
las rondas, que tenía a su cargo la guarnición de la plaza, situada frente a la
Casa del Gobernador.
Los adelantados, institución inconfundiblemente medieval, renacen en estos
territorios conquistados, mientras que en Europa agonizaban estas instituciones,
como consecuencia de la revolución francesa. Los nombramientos a los cargos
públicos eran vitalicios y hasta hereditarios por generaciones dependiendo del
mando político, militar y judicial.
Pedro de Mendoza, Alvar Núñez Cabeza de Vaca y Juan Ortiz de Zarate fueron
nombrados por orden de su majestad, mientras que Juan Torres De Vera y Aragón
fue el quinto adelantado, por derecho sucesorio.
La vida social, falta de sus naturales incentivos, tenía que ser extremadamente
débil. Y seguramente el motivo y la ocasión de su mayor actividad eran las misas
de los domingos, acontecimiento periódico que esperaba siempre con profanas
ansias la católica juventud de la capital porque después del santo sacrificio,
precedido y seguido del desfile mujeril y las discretas cortesías de los
varones, venían los "pagos de las visitas, que las amistades de confianza
realizaban en el corredor o a la sombra de los rosales, donde, en medio de la
franca expansión de las almas juveniles, menudeaba el tradicional mate de leche
con azúcar quemada y naranja roguy".
Y de las quintas frondosas y aromáticas de los suburbios "bajaban diariamente,
en largas hileras, con su alba túnica flotante, tras de sus mansos pollinos, las
alegres proveedoras del mercado de Asunción; y las ligeras carretillas repletas
de frutas, Conducidas por mozos imberbes, enamorados y bullangueros; y los
macizos carretones de tabaco o miel, que rechinaban perpetuamente bajo el peso
de su carga, con la calma imperturbable de sus viejos "picadores".
Y por el mismo camino, que ondulaba entre las lomas y hondonadas, entre el verde
esmeralda de los sembrados y los tonos oscuros de los bosques, bajo la sombra de
una perenne vegetación, pasaban así mismo en alegres cabalgatas los caballeros y
las damas de la ciudad, que acudían a una fiesta o tornaban a sus chácaras,
lugares predilectos de su actividad y de sus goces".
En el campo existía la kúlata-jovái o vivienda mestiza, (dos habitaciones
encontradas una al lado de la otra, con un pasillo de por medio) con una
tranquera que franquea el acceso, la casa con una kulata-jovái oga kapi'i idioma
guaraní (techo de paja de dos aguas) y en el corredor la hamaca, la guitarra que
colgaba en la pared, el cántaro de agua, todo mezcla de lo autóctono y de la
casa peninsular. |