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La bella india que no era de la India, ni tampoco silvestre, se fue convertida en Urutaú. Sea como fuere, el hecho es que el Urutaú ya existe. Y quien quiera que en el silencio de la noche haya escuchado su conmovedor lamento, comprenderá que esta ave enigmática y solitaria no haya podido menos que atraer la atención del indio, siempre dispuesto a registrar los secretos más enigmáticos de la selva. El amor indio, el amor silvestre tiene mucho que ver con- la intimidad de esa evolución y de esa cultura. El poeta lo comprendió así.

De su tribu la flor / montaraz guayaky / Eva arisca de amor / del Edén guaraní.


"La silvestre mujer, que la selva es su hogar, también sabe querer, también sabe soñar". Así reza un fragmento de la letra con que el poeta paraguayo Ortiz Guerrero contribuyó, ya en los últimos días de su castigada existencia, a la exaltación lírica de la sentida guarania "India" de José Asunción Flores.

Bueno, y ese error se asentó en el lenguaje de los dominadores y es el mismo lenguaje con el que hoy desde el presidente Lugo, hasta el reciclador que pasa por su cuadra llama a los nativos.

¿Qué también sabe querer y soñar la mujer silvestre? ¡Ni dudarlo! A nadie se le ocurriría afirmar lo contrario. No fueron, por supuesto, las carabelas de la conquista las que trajeron a playas americanas a gentes avenadas para la enseñanza del amor y del ensueño.

Quizás así se entendería que no se trata sólo de conflictos por tierras, sino de una lucha de dignidad y liberación nacional. Quizás también se comprendería que para asumir tal desafío en paz y creadoramente, se debe avanzar en convertir a Paraguay en un Estado plurinacional.

Un Estado plurinacional que dé a todas sus naciones integrantes un justo lugar en la construcción de su destino. Un Estado plurinacional que permita que las naciones originarias puedan aportar en plenitud toda su sabiduría, la sabiduría del "Urutaú", o ave nocturna y aún convivir. Esa sabiduría que el Urutaú puede ayudar hoy a reequilibrar los impactos de la cultura occidental, responsable de poner en el mayor de los peligros a nuestro único hogar en el universo.

Es que, tan elevado concepto se 'tiene la mujer india del amor, que el anecdotario de la conquista está lleno de episodios que la alojan en un destacado plano de delicadeza sentimental.

Guando el grosero conquistador —tal el caso de los compañeros de Domingo Martínez de Irala— pretendió no ver en ella más que a la bestia salvaje, a quien bastaría en aprisionarla para conocerla y domesticarla, recibió de ella lecciones de conmovedora dignidad humana. Las indias preferían suicidarse antes que compartir por la fuerza el lecho del conquistador blanco.

En el proceso del mestizaje guaraní-español hay más huellas de amor que de arbitrario sojuzgamiento. El vástago de esta unión, la india imprimió un complejo de sentimientos, sin los cuales no es fácil comprender el modo de ser el mestizo a través de su actuación histórica. De ahí que si fuéramos más fieles a la interpretación del sentido íntimo de nuestra evolución y de nuestra cultura, no recurriríamos a referencias exclusivamente europeas para la mejor comprensión de los diversos matices que las caracterizan.

El amor indio, el amor silvestre tiene mucho que ver con- la intimidad de esa evolución y de esa cultura. El poeta lo comprendió así. De ese amor hay rastros hasta en la plástica viva de la leyenda. Y nadie ignora que una leyenda no es una creación meramente arbitraria o caprichosa. Si por un lado se nos parece fantástica o absurda, refleja, por otro, esencialmente, la substancia del sentimiento o de la creencia de un pueblo y de una época.
A veces el genio contribuye a inmortalizarla valiéndose de las formas eternas de la belleza. Porque la leyenda es anterior al genio. Son los rapsodas los que proceden siempre a la aparición de los que cocinan el pan.

En América no ha aparecido ese genio. A falta de él, los cronistas de la Colonia -se han encargado de recoger de labios anónimos el relato de los romances indios, que tuvieron por escenario la selva. Y son éstos de la más alta categoría lírica. Ahí está este ejemplo El romance del Urutaú.

La fantasía popular nativa ha forjado para esta ave singular de las selvas paraguayas una leyenda sentimental. Si por un lado ésta consulta el espíritu antropomórfico del hombre primitivo, testimonia por otra parte, al menos legendariamente, que la mujer india sabe hasta tal punto amar y soñar, que la desesperación de sus sentimientos contrariados la lleva hasta transformarse en ave, para llorar por los siglos, en su soledad selvática, su dolor sin remedio.

Porque Urutaú es eso; una bella india a quien el egoísmo paterno le impidiera realizar un sueño de amor. ¿Y todo por qué? Porque el hombre a quien ella amaba era un prisionero de guerra. Un prisionero caído en brazos de un bravo e implacable cacique guaraní, padre de la joven. Ni lágrimas ni ruegos ni amenazas habían servido para torcer la voluntad definida y definitiva del cacique. ¡Y era apuesto el prisionero! Y también, hombre de valor probado. Era todo un cuimbaé, (compañero en guaraní) un dueño de sí mismo, nombre y atributo que lo distinguían entre muchos varones de la tribu.

Cuando ya era inútil esperar ningún cambio de actitud de su padre, la bella india, presa de desesperación, se lanzo una noche a la selva. Consultó al Payé de la Tribu, éste, con la clarividencia que otorga el brebaje de la yerba mate, (la alquimia usada) informa al cacique el lugar donde se encuentra su hija.

Y allá fueron emisarios con la misión de traerla al hogar que abandonó. El encuentro fue poético. Insensible y muda, la india, con cuyo escondite dieran los emisarios, apareció ante éstos como extasiada en la contemplación de una visión lejana. Como única respuesta a los ruegos de quienes venían en su busca, la bella india les volvió la espalda y de nuevo, se internó en la selva.

La explicación y la receta para semejante actitud no se hicieron esperar. Nuevamente fue requerida para tal efecto la intervención del Payé. No era otra cosa —a juicio de éste— que el dolor de amor lo que había insensibilizado y enmudecido a la desventurada doncella. Sólo otro gran dolor sería capaz de reavivar sus adormecidos sentimientos. Y allá fueron nuevamente los emisarios, esta vez acompañados por el mismo brujo de la tribu.

El relato de ninguna imaginada tragedia familiar sirvió para despertar a la bella india aletargada. No la conmovió la noticia que le dieron de la supuesta muerte del padre y de la madre. Ante la desesperación de sus requeridores, continuaba ella muda y con los osos abiertos y fijos en la lejanía. ¿Qué restaba por hacer? ¿Se habría demostrado prácticamente la impotencia o la falsedad del mismo Payé? Cuando ya todos eran presas de la desesperanza, el adivino se acercó a la india para decirle al oído, el doloroso mensaje que sería un milagro para salvarla:

—Cuimbaé ha muerto! . . .

Y, entonces, ¡oh prodigio del dolor y del amor!

Aquel ser insensible y mudo vibró en un paroxismo desesperante. Y ante el espanto místico de los emisarios, su cuerpo, tembloroso y dolorido se transformo de pronto en una ave que, lanzando un gemido, se alzó en vuelo y se perdió en la selva.

La bella india que no era de la India, ni tampoco silvestre, se fue convertida en Urutaú. Sea como fuere, el hecho es que el Urutaú ya existe. Y quien quiera que en el silencio de la noche haya escuchado su conmovedor lamento, comprenderá que esta ave enigmática y solitaria no haya podido menos que atraer la atención del indio, siempre dispuesto a registrar los secretos más enigmáticos de la selva.

Más aún, el Urutaú es casi invisible. El color de su plumaje —un pardo acanelado con listas transversales negras— le permite mimetizarse fácilmente. Se posa durante el día en la rama más alta y seca de algún árbol y, desde allí, quieta, absolutamente inmóvil, contempla el curso del sol hasta el crepúsculo. Y cuando, entrada la noche, todas las demás aves se recogen a dormir, la voz del Urutaú quejumbrosa y dolorida como un lamento, se escucha sobre la quietud del monte, con una persistencia conmovedora e imponente. Urutaú lloraría, pues, el dolor de su amor imposible.

Un ave de tan singular origen no puede menos que inspirar el culto de los mortales. Contó de Magalhaes, en donde cita; "...elevó el Urutaú a la categoría de los dioses, reservándole el segundo lugar de su Teogonía Tupí.

Y Félix de Azara quedó pocos menos que maravillado de las "numerosas patrañas que escuchó acerca de la misma. Transcribo alguna de ellas:

"Quebrándole los huesos de las alas y de las piernas, por la noche, amanecerá sana al día siguiente". "El que lleva alguna de sus plumas atrae la voluntad de las personas del sexo contrario". Consigue infaliblemente cualquier cosa o deseo siempre que se escriba con una pluma de Urutaú.

Y todavía se cuenta esta otra fabula, interesante por la notable influencia moralizadora que pudo ejercer sobre ciertas costumbres. Se dice que la piel del Urutaú "preserva a las doncellas de las seducciones y faltas deshonestas". A ese efecto, se seca al sol dicha piel y se las hace sentar sobre ella durante los tres primeros días de su pubertad.

Con esto queda inmune de toda tentación pasional. ¿Para qué más? Mujer, ave, diosa, hechicera y entre custodia de la honestidad femenina, todo eso es el Urutaú por obra y gracia de un amor eterno que perpetúa su protesta en el documento vivo de una amable leyenda y en la queja lastimera de un lamento que, por las noches, araña el corazón . . . sensible de las selvas.

Y su leyenda, delicadamente romántica, es una prueba de la riqueza y frescura del folklore americano que no ha sido aún suficientemente profundizado por los investigadores, ya que se encierran curiosísimos mitos vinculados con las teogonías indígenas, que explican la actitud de las antiguas razas de América frente a los astros, a los fenómenos de la naturaleza, al amor, a las relaciones de familia, a las supersticiones rituales. El día en que ese folklore se estudie y se aprecie en todo su valor documental se aclararán numerosos misterios o aspectos aún oscuros de las primeras horas del Nuevo Mundo. Como diría el poeta;" India bella mescla de diosa y pantera"

Enero 2012.-




Fotos: infoluque.com.py

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