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Quizás, para estos jóvenes
feligreses, el día de "La Candelaria" tenga un significado muy distinto
que el que tienen nuestros mayores.
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No queremos olvidar el 2 y 3 de febrero del ´89. El impulso más animal e
instintivo nos incita a ello como higiene mental. Cada año repetimos lo mismo:
basta, superemos el pasado, miremos hacia adelante. Son hechos que
transcurrieron el siglo pasado, todo un capítulo en la historia, un tremendo
pedazo de nuestras propias vidas destrozadas. Y nada. No podemos. Como una
tragedia, el espíritu vuelve por el mismo camino, una y otra vez, con formas de
armilla y de sarcasmo.
Los abusos sufridos durante la dictadura de Alfredo Stroessner, las
desapariciones, los tenebrosos y cobardes pyragüe, (soplones de la dictadura)
armados entrando en los medios de comunicación, una prensa amordazada,
trabajando en esas condiciones, los presos políticos, la ocupación de cualquier
casa, a cualquier hora, universidades, oficinas, fábricas. La arbitrariedad, la
voz única, la petulancia y la ordinariez de los ungidos. El destino terrible de
elegir entre la inmolación y la apostasía.
Es este aniversario Nº 21 del golpe que lo derrocó, el primer recuerdo que viene
a la mente es la noche de la Candelaria, en que ya no están vivos muchos de los
que de alguna forma tenían que responder por lo ocurrido durante los 35 años que
duro la dictadura, ¡Se fueron sin pagar su cuenta con la justicia!, pero su
mirada venenosa sigue al acecho de nuestras ciudades y nuestras conciencias.
El miedo al castigo. El miedo al aislamiento. El miedo al desprecio. El miedo al
dolor físico y al dolor moral. Cuánto nos ha costado sobreponernos al miedo.
Cómo le hemos temido a la desaprobación, a la censura, a perder el trabajo, a no
poder pagar las cuentas. No digas eso, no te muevas, ubícate, no seas protestón.
La genética misma de nuestra democracia lleva ese sello: el miedo. Nuestros
próceres democráticos no sabían después del Golpe del ´89, cuán enquistado lo
tenían cuando pactaban furtivos con sus propios verdugos, el pacto de
gobernabilidad: el miedo.
Años atrás levantaron la voz los estudiantes, después les tocó el turno a los
sindicalistas. Los aires de ese fantasma parecen estar soliviantándose esta vez
a algunos curas. Todos intuimos que el castigo de hoy, ya no es la bota que
recorría los noticieros de todo el mundo, sino procedimientos bastante más
pedestres, administrativos, anónimos, pero de una clínica eficacia. Se acabaron
los relatos épicos. Ni grandes héroes, ni grandes víctimas. Ya no se piletea, ni
se garrotea, sencillamente tienes que pertenecer a un grupo de poder económico y
triunfaras.
Ésa puede ser otra distorsión de los recuerdos, de los recuerdos de los otros,
que son los que hoy reconstruyen la historia. La mejor parte de esta historia es
la última escena, donde un hombre de pueblo el repartidor de leche dice algo así
como que el Presidente tenía enamorado al pueblo, y que la Alianza Democrática
es toda una sociedad en estado amoroso. Suena bien.
Así está desapareciendo el símbolo de una época, aunque no las cicatrices del
drama y las heridas del sufrimiento de sus opositores, junto al miedo que hasta
hoy persigue a los paraguayos.
Ha terminado uno de los actos de esta obra que para algunos significa el
conjunto de su existencia, el haber vivido sin trabajar, así se pagaba la
lealtad, hoy la mayoría jubilad/@s. Habrá que acercar el oráculo a la fuente y
responder ciertas preguntas para entender mejor un futuro que, para bien o para
peor, seguirá marcado por una sangrienta dictadura, que poco a poco vamos
despidiendo, se están marchando, sin haber pagado su cuenta con la sociedad y
cuyo lugar en la historia pretenden ser glorificados por el mismo partido
político que primero los levantó y después los dejó caer, dejándolos impune.