|
 |
El ministro de Obras Públicas, Efrain Alegre visitó la casona del que en vida
fuera nuestro dramaturgo Julio Correa, prometiendo hacer algunas mejoras. Esta
casona se ha convertido en una bellísima casona recuperada del desánimo.
Lo cierto es que el ministro Efraín Alegre, a su paso por Luque dio a conocer
una infinidad de proyectos para la Ciudad de Luque que -según manifestó- ya
tienen financiamiento. Entre las obras, la más importante es la costanera que
pasará por el linodromo (desfilodromo, construido por el Gral. Lino Cesar
Oviedo) terminando casi en línea recta en Maramburé.
Esto dicho de otro modo, sería desde Maramburé, bordeando la línea férrea,
llegando al linodromo, en donde un puente a nivel hará converger esta calle en
la avenida José Artigas, de Trinidad. En Asunción, bordeará la antigua estación
del ferrocarril.
Además hizo otras revelaciones como la restauración de algunas casas históricas
de Luque, comenzando por la de Julio Correa, este hecho habla bien de un
Ministro que sabe valorar nuestras costumbres y tradiciones.
La costumbre en los últimos cuarenta años ha sido derribar estas casas viejas
para construir absurdos edificios sobre sus restos. Vecindarios antiguos donde
una administración sagaz hubiera incentivado el regreso de los ciudadanos a
ocupar estas casas de noble arquitectura, ya fuese como instituciones, o
remodeladas como lugares de habitación para varias familias, se han convertido
en suelo fértil para que malezas de entre veinte y treinta pisos de altura
crezcan por doquier, destrozando en poco tiempo lo que tomó siglos en
consolidarse.
Incluso la peste se está extendiendo hasta el centro mismo de Luque. Se recuerda
con impotencia la demolición de la casa de quien en vida fuera la casa de un
héroe chaqueño, “Jakaré Valija” un edificio ubicado en las cercanías del casco
urbano, una casa de fachada antigua, barroca donde nacieron los hijos de Jakaré,
y él construyera en tiempos de pos guerra. De estos los “depredadores” no se ha
salvado ni la conservación de la memoria de los que las habitaron, ni las
maderas nobles de sus techos, escalas y boiseries, ni sus soberbios salones,
consiguieron salvarse de la pala mecánica.
Los incentivos para que un genocidio arquitectónico de esta envergadura ocurra
en nuestras ciudades es económico, la fealdad que rápidamente desarrollan las
ciudades más antiguas del país a medida que crecen, van cambiando de aspecto, es
un penoso ejemplo, es tan alarmante como la de estos y otros sectores están
dados.
A la codicia de las empresas es de orden material, no hay autoridad que le ponga
freno -las arcas municipales están vacías, son su mejor cómplice-, no hay
agrupaciones ciudadanas que hagan valer sus derechos y puntos de vista acerca
del barrio y la ciudad que desean habitar.
Podríamos decir que el caso de la casona de Julio Correa es un caso entre mil.
Que es entonces, "Participación y ciudad", en nuestras queridas casas viejas, no
es el viejo afán de destruir que mueve a la especie humana. Al demoler una casa
con historia, ¿Cuál es la política pública que debe formularse para detener esta
nueva forma de deshumanización?.
Por fin tenemos un ministro que comprende el porqué no son sólo casas y barrios
son los que desaparecen, son expresiones de una época, de su historia y sus
gentes, asiento fundamental de nuestra identidad. Visto desde este modo, un
arquitecto que no procura hacer todo lo posible para que una obra suya sea un
bello objeto urbano, en consonancia con su entorno, es un profesional sin ética.
A su paso por Luque, el ministro Alegre manifiesta con sus palabras que sabe de
patrimonio arquitectónico, muestra que estos son incentivos claros a los
particulares para propulsar la readecuación de los inmuebles protegidos a las
funciones de nuestro tiempo, habría que agregar una suma de principios tutelares
que guíen a los municipios en sus planes de conservación y desarrollo.
Es evidente que esta tutela oscila hoy sin términos medios y sin vaguedad ni
intervencionismo estatal. Necesitábamos principios sólidos, inspiradores, de
largo plazo, sin decretos antojadizos de la administración de turno. Sin
embargo, nuestro interés se centra en una tercera iniciativa que ha tomado
fuerza en otras partes del mundo.
Tanto en Europa, como Estados Unidos y Bogotá, único ejemplo en nuestro
continente, los gobiernos estatales o municipales han hecho suya la
responsabilidad de que los ciudadanos participen en los procesos de desarrollo
urbano que los afectan. ¿Llegaremos los luqueños a sumarnos a estos dos países?
Se trata de despertar por todos los medios la conciencia de cada uno e
informarle de los temas y situaciones que tarde o temprano alterarán su vida en
la ciudad y, de este modo, empujarlos a opinar a través de canales ampliamente
dispuestos para la consulta.
Los cambios a los planos reguladores de algunos municipios, realizados con
sigilo de ladrón, claramente no responden a este modelo. Es tal el apuro por
construir –una idea compulsiva de progreso-, que las autoridades parecieran
temer que si se deja opinar a todos los involucrados no se va a llegar nunca a
nada.
Existe un miedo atávico de parte de las autoridades a la participación
ciudadana. Algunos afirman que se debe a la herencia del centralismo borbón.
Olvidar como se olvida, ignorar a los ciudadanos como se les ignora, es una
manera más, quizás la más comediante e insidiosa, de profundizar la pobreza.
Y ser pobre, señores, no impide llenarse de audacia, aspirar a la belleza y
soñar con una ciudad armónica, con un futuro anclado en lo mejor de su
tradición.
Pudrían servir un mosaico de recortes de diarios para demostrar lo que se afirma
en esta columna y el afán de destrucción y de fealdad. Toda destrucción es fea,
es un atentado contra la belleza.
Pero hay quienes tratan de destruir todo lo que encuentran. Si nada encuentran a
mano para destruir se destruyen a sí mismos. Es ese odio larvado así mismos,
destruir arbolitos es el primer síntoma, el segundo es destruir la historia.
Ellos buscan sentirse más confortables entre mediocridades.