uchas veces, nuestro pueblo se ve destacado por el rescate que hace de
las viejas tradiciones, varias de las cuales se conservaban casi en
forma exclusivamente oral, y por sus creaciones musicales de claros
contornos folklóricos, el concepto de identidad que logran diseñar los
creadores luqueños que correspondería a lo que podríamos llamar una
pieza de museo.
Es decir, se nos viene uno de los mitos con más identidad cultural, el "karai
octubre y el jopara" que consiste en comer en exceso el 1 de octubre
para no pasar hambre en lo que queda del año, esperando una buena
cosecha. Aún cuando se liga inevitablemente con determinadas bases o
raíces desde las cuales emerge, no es una estructura que se queda quieta
en el tiempo, sino que a cada rato se nutre de nuevos aportes.
Esta idea de identidad recreada implica reconocer que la realidad es un
constante devenir que no se puede quedar anquilosado en estructuras
inamovibles, ya que estamos hablando de fenómenos sociales (como lo es
la cultura de un pueblo) y que, por tanto, están dotados de una
capacidad de renovación constante. Es la vieja dicotomía entre lo viejo
y lo nuevo, donde las mentes y personalidades que buscan el desarrollo
de los pueblos se afanan por potenciar las posibilidades de la gente, a
partir del reconocimiento, rescate y difusión de aquello que está en el
origen de un camino.
El espíritu de nuestras tradiciones es busca superar las limitaciones
que constriñen al ser humano, que busca con creatividad nuevas sendas
para desarrollar la potencialidad del hombre de campo. Pero si no se
conoce lo que se es (y no se reconoce), ¿desde qué base se puede generar
un aporte? ¿Cuál es la especificidad que constituye el aporte propio a
la mancomunión del humano, en cualquier parte del planeta? No es el
nacionalismo decimonónico lo que caracteriza los desfiles o el
pensamiento del paraguayo.
Por ello es que su trabajo -fuerza es reiterar que recoge y se alimenta
de las tradiciones más ancestrales de la vida campesina paraguaya- no se
limita a una glorificación acrítica de las raíces propias, sino que las
recupera para que no sean sepultadas en el olvido y, yendo más allá, les
otorga una forma que trascienda la simple copia. Lo que hacen las
escuelas luqueñas es asemejarse a lo que hicieron los grandes genios al
escribir acerca de las costumbres de sus pueblos al universalizar las
tradiciones, desde donde emergen y se nutren sus obras. Y una obra que
se precie de ser universal, como ocurre con las tradiciones y costumbres
lo hacen en un lenguaje que trascienda los márgenes de las raíces de
donde provienen, por muy identificada que esté con dicha matriz.
Dicho en otras palabras, nada mejor que graficar en forma física y
simple nuestras tradiciones, al describir la dicotomía que se presenta
para los autores de estas representaciones (y para la sociedad en su
conjunto) entre los mundos urbano y rural (que vendrían a representar la
oposición entre lo viejo y lo nuevo): "No se trataba pues de prolongar
la tradición de la cultura folklórica como si nada la alterara, sino de
recrearla en un plano de libertad. Esta recreación, dirigida
necesariamente a un receptor urbano, el único en condiciones de penetrar
en su sentido, debía realizarse además con los procedimientos propios
del arte urbano.
Por eso, junto con hacer nuestro el saber artístico del folklore, el
largo aprendizaje que incluye la búsqueda, en las más diversas
modalidades del arte popular urbano, de las orientaciones que le
permitieran recrear la herencia de la cultura folklórica, salvándola sin
traicionar su espíritu, y salvándose ella misma en la recreación".
"Nuestros antepasados no solo conversaron con las flores, nos enseñaron a
conversar con las estrellas".