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el mapa étnico cultural de nuestra América Latina, y de acuerdo a las
extensiones que ocupaban las etnias originarias, teniendo como centro
este territorio, lo que hoy llamamos Paraguay. A la llegada de los
conquistadores, el tiempo de Semana Santa era un momento de bendición y
de dar gracias a la madre naturaleza y a la madre Tierra.
El espacio cósmico se inundaba de oraciones y bendiciones por los frutos
y semillas recibidas y de gracias por su multiplicación y abundancia con
el fin de que el bienestar llegue a la colectividad, a toda la Tierra.
Las diosas y los dioses eran distintos, pero la gratitud del canto del
alma era uno solo. Era la llegada del Cristianismo a nuestra América
Latina, cargando una Cruz.
Y llegó a América la Cruz, el Cristianismo y... se cambiaron los dioses,
las diosas y los protectores de la naturaleza, los astros del cielo
Guarani tenían otros nombres, se cambiaron por los nombres de ángeles y
santos, y que ¡¡dibujándolos, se pueden ver!!; hasta ese instante fueron
visibles, se alteraron los símbolos y signos originarios; se los
minimizaron y, bajo un nombre elegante y poco comprendido por los
nativos, se creó “el sincretismo cultural, religioso y social”.
Al unísono, celebramos los signos y símbolos cristianos, a lo largo y
ancho de nuestra América, pero en cada rincón del continente florece la
fe, se manifiesta, se materializa, se muestra, se mueve, sigue viva con
esos símbolos, signos y ritos que el tiempo no logró borrar,
representados en el pan y en el vino para los creyentes católicos y en
las comidas tradicionales para todos los hijos de la América.
Es nuestra América, diversa, pero unificada al mismo tiempo, aunque con
los mismos dolores de siempre, vasallaje y explotación. El tiempo que no
es analógico, es el tiempo sin tiempo que aún vive, y nos marca un tempo
en el presente, pero nutrido del tiempo pasado y se proyecta a un tiempo
futuro.
Un tiempo para la reflexión, el perdón, es el reencuentro con nosotros
mismos, para pedir perdón y perdonar a los demás; es asumir nuestras
debilidades, para tolerar y levantar al hermano débil; es el momento de
alzarnos con fe y fuerza de nuestras caídas.
Tomemos de las manos a las diosas, los dioses y al Cristo vivo y
celebremos la fiesta de la Pascua de la Resurrección, de la unidad de
esta diversidad americana.
Los símbolos se están debilitando, porque la significación en nosotros
se debilitó por influencia de nuestras necesidades materiales, la
dependencia tecnológica, los cambios en los padrones productivos,
familiares y comerciales.
La crisis mundial, aprovechada por el poseedor, déspota, fueron
debilitando al hombre, cabeza de hogar. Aparecieron nuevos ídolos,
nuevas identidades y nuevas filosofías.
Si bien la evolución natural no nos permite quedarnos en el tiempo, por
el fruto renovador, que es natural del cerebro humano, es
responsabilidad nuestra la evolución y es una alabanza al Creador
desarrollar nuestra inteligencia contribuyendo a la aplicabilidad de la
creación, con la finalidad de que el bienestar espiritual y material
favorezcan a todos los seres, aspecto en el que debemos trabajar para
eliminar de nuestros comportamientos las estructuras mentales que fueron
creadas a través de los tiempos, como el yoísmo, el racismo, la
discriminación y la xenofobia.
Celebraciones y manifestaciones enmarcadas dentro de la religiosidad
popular, en este caso, nuestra Semana Santa, son espacios sociales en
donde todos participamos como individuos, pero al mismo tiempo como
un colectivo humano que siente, piensa, se manifiesta y se unifica ante
la fe, la devoción y el rito.
En el templo, en la plazoleta del Santuario Virgen del Rosario de Luque,
en la procesión, encontramos rostros, aspectos, vestimenta y estatus
diferentes, pero todos nos juntamos para rezar la misma oración,
entonamos los mismos cánticos, nos emocionamos, nos fraternizamos, nos
reencontramos, con el amigo, el compañero, el vecino, el profesor, el
alumno, con la autoridad y con el pueblo.
Es el momento de que, por medio de nuestra participación, hagamos que la
comunidad se muestre viva, viva, porque su gente unifica sus
pensamientos y fortalece sus sentimientos.
Un prójimo, una comunidad, un pueblo, que no exteriorice su fe,
emociones, confianza, trabajo, que no participe con “el otro” en un
acto de intervención colectiva para nutrirse unos de otros, es un
individuo, un barrio, un pueblo, es una comunidad de cadáveres. Es una
familia que se desintegra.
Hagamos hoy un pequeño esfuerzo, entreguemos un tiempo para mantener
viva a nuestra familia, a nuestra comunidad a nuestro pueblo, porque
todos en conjunto estamos escribiendo la historia del Luque del mañana.