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Concejal Teodoro Valdez |
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Concejal Migue Mancuello |
a
brisa del mar en la playa del atlántico que despeina y eleva por un
instante el ruedo de una falda. A esa hora, justo cuando el sol se
acuesta en el horizonte semi selvático mirando el rió Uruguay, este río
que tiene una longitud de unos 1.600 Km. y es navegable en grandes
tramos de su curso.
Discurre por Sudamérica (Brasil, Argentina y Uruguay) hasta desembocar
en el Río de la Plata (océano Atlántico) y esa bola de fuego, el sol,
que se va
hundiendo descaradamente en ese rió ante quien lo quiera mirar, la vida
a veces nos da a entender que algunas veces la vida es posible y que hay
una razón para llegar a ser Concejal de un pueblito tan pobre como lo es
Luque.
Así lo entienden los ediles César Chiola, Miguel Mancuello y Teodoro
Valdez, que, viajaron a Punta del Este, Uruguay, participando de un
congreso de capacitación organizado por el Comité Latinoamericano de
Parlamentos Municipales.
Sólo comparten la geografía, en especial a esa hora del crepúsculo.
Vienen del punto geográfico centro de nuestra América del Sur, llamado
Luque, de este país tan lejano llamado Paraguay, -para quienes no lo
conocen-.
El "viaje de capacitación" le cuesta a la ciudadanía luqueña G.
9.000.000, (U$S 1.800) teniendo en cuenta que cada uno de los concejales
llevó G. 3 millones como viático. Los luqueños tienen experiencia con
que las capacitaciones a nivel internacional de los concejales por lo
general, solo sirven para que "Cumplan su sueño. Quizás, en este
caso, el más
importante como Concejales de Luque".
El año pasado otros realizaron un viaje similar, pero con énfasis en
servicio público, reciclaje, recolección de residuos y obras, sin
resultados vistos hasta el momento.
Menos mal porque de otro modo no habrían estado mirando este mar
Atlántico, que se va durmiendo con cada bostezo que deja en la orilla,
supuestamente para instruirse en la capacitación de los Concejales Luqueños en educación y deporte.
Y un propósito para cada día. O casi. Sin un propósito no hubieran
pisado ni siquiera fuera de Luque. Saben de las Capitales de cada país,
de su población, y gran parte de su historia. Conocedores de sus héroes
y de las victorias de los rufianes y de sus derrotas.
Late el servirse de la Patria, la mía, la del centro de América del Sur,
y que se la trague la selva para siempre, y se mire sólo a sí misma porque no
hay más allá, sólo acá, nosotros, los luqueños. En una fantasía
colectiva y vanidosa, alguna gente pregunta espejito, espejito, cuál es
la patria más bonita.
La tierra que no se enteró que el planeta no sólo es cada vez menos
ancho y ajeno sino palpitante, diverso, cambiante, hinchado de
contradicciones y preguntas. Como son los seres vivos. No podrían ellos
llegar a enumerar los ríos más importantes, los lagos e, incluso, la
fuente de sustento de su pueblo.
Por eso sonríen los luqueños y miran de perfil, con la melena revuelta y
sus ojos mojados de asombro. Porque no hace falta decir nada más. Porque
cuando el sol remoja su lengua en ese mar de necesidades que tienen, la
complicidad los ata con porfía y la convicción de que sólo los pueblos
miopes y cobardes se soban la panza y eructan como aquellos dictadores
malolientes que imponen la fuerza, ensimismados en el poder, patéticos y
solitarios.