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Edición de junio 2008

Llevo más de dos años viviendo en Alemania, en la ciudad donde vivía mi padre cuando era niño, antes de ir al Paraguay (1932) con mi abuelo después de la primera guerra, tengo sentimientos encontrados con los imponderables de mi destino. La gran plaza de Luque, que en los años de mi infancia funcionaba un mercado guazú, vibrante, loca, voraz, un huracán es como la recuerdo. Yo, soy un hombre viejo, muy viejo, a veces Pareciera que a lo largo de mi vida no he valorado lo suficientemente aquellos temas que por ser cotidianos me olvide de analizar y reflexionar.

Hay que ser feliz sin que ellos lo sepan. La belleza de amar

Mientras cae la tarde un día de otoño, mas allá de la niebla.


Por; Dietrich von Raeche Pérez

 

Hotel Hausmit Bodensee a orillas del lago Constanza

¿Por razones estrictamente confidenciales, my love y yo estamos de acuerdo en que yo contaría esta historia y seguidamente lo haría ella, me refiero a mi esposa Sinderesis como su aporte.

Pero, las confidencias estrictas dejan de tener gracia si de verdad no se cuentan aun cuando sólo sea a medias, esta es una de ellas.

La historia, me la contó Sinderesis, mi esposa hemos venido especialmente con mi esposa, a votar -yo voto- en estas elecciones para presidente de la República y para conocer algo más de la ciudad de Asunción.

Vivimos en Friedrichshafen, ciudad del sureste de Alemania, en Baden-Württemberg a orillas del lago Constanza (en alemán, Bodensee) parece un pueblo del midwest, una provincia del mundo, un enclave para nada aburrido, almidonado por la actividad portuaria.

Llevo más de dos años viviendo en Alemania, en la ciudad donde vivía mi padre cuando era niño, antes de ir al Paraguay (1932) con mi abuelo después de la primera guerra, tengo sentimientos encontrados con los imponderables de mi destino. La gran plaza de Luque, que en los años de mi infancia funcionaba un mercado guazú, vibrante, loca, voraz, un huracán es como la recuerdo.

Por lo tanto, mejor contaré mientras tanto la historia que ella me relatara estando en justamente cerca de la plaza; La historia comienza por un vecino que vive justo debajo de la casa de estilo georgiano donde estamos invitados, casi en el centro mismo de Luque, desde donde se ve el conjunto del paisaje trazando una línea recta.

Todas las mujeres que por algunas razones han pasado por esta casa, incluida quien la habita, mi señora, dicen haber quedado sin respiración al ser miradas por los ojos color miel Himalaya del hombre napolitano.

En este viaje he podido por fin conocerlo. La reputación de su enorme atractivo le precede y se le nota. Lo sabe. Juega.

Tanto había oído hablar de él, que al saludarlo apenas lo he mirado, por temor a quedarme yo también con cara de insustancial. Para mi esposa es un tipo de color verde oliva, (un revolucionario) pelo muy negro con un remolino canoso al lado izquierdo y una sonrisa blanquísima. Eso de entrada. Pero cuando lo ví de verdad al día siguiente del saludo inicial, mi señora se llevó un sobresalto extra fuerte. No por sus bellos ojos ni por razones obvias. Es un simple problema metafísico, creo…resulto ser amigo de su cuñado.

Sus ojos de tamaño sobrenatural y de un tono inventado son inesperadamente du déjà vu para mí, me comentaba mi esposa. El vecino napolitano resulta ser la viva estampa de otro hombre compatriota suyo debajo de cuyo paraguas se encontró hace un montón de tiempo, también sobre la avenida General Aquino de Luque, una tarde lluviosa de enero, en el rincón de las pizzerías que hay cerca.

"El sosias, el exacto, el imposible. Y, sin embargo, desde que lo vio no puede dejar de rebobinar carrete. "Se llamaba Lorenzo" me confesaba.

"Nunca lo habría podido imaginar antes de la lluvia torrencial y nunca después lo volví a ver. Por miedo. Un miedo terrible. Tenía la belleza del diablo. Me escapé de él a punta de presentimiento. A riesgo de mi alma. Y durante varios meses después del encuentro tuve la sensación de ser vista sin poder ver al voyeurista. No sé, un cierto cosquilleo en la nuca, un escalofrío en la espalda, un balanceo en la cuerda floja. Un susurro en la oscuridad, una presencia imprecisa pero latente", era el susurro de mi esposa Sinderesis .

Me explico: "...el vecino le ha hecho desanudar sin pretenderlo el lazo de calabrote que ella creía olvidado, un día de niebla densa casi palpable, envolvente, epicúrea. Una de esas nieblas que atraen y repelen".

Recuerda el tono bajo de la voz y el modo tranquilo y sofisticado de hablar un español perfecto diciéndome que se llamaba Lorenzo que era de Nápoles y que me sintiera cómoda debajo de su paraguas. Cuando me lo contó a mí que soy su marido, yo le sonreí maliciosamente y la mire en forma picara. Le hice prometer que me presentaría algún día al señor del paraguas.

Como ve, esa historia, me trae a la memoria algo que casi todos olvidamos, una de ellas es el placer que se siente desligarse de todo y salir a caminar por las calles sin ser reconocido, sin embargo es mayor la sensación de libertad cuando uno viaja, sobre todo cuando llega a una ciudad donde nadie le conoce, ¿será por que nadie le conoce?.

Hay que ser feliz sin que ellos lo sepan.

La idea de contar esta historia a Dietrich -mi esposo- es nada más salir de la política y otros temas que nos inundan, no pretendo hablar de "vanidades" ni menos de coqueteos fuera de lugar, pero, ya que hablo del tema de la "vanidad", aprovechare esta oportunidad para poner en consideración "el culto a la personalidad de este napolitano" y de "otros muchos" que todos estamos sufriendo.

Si uso la palabra "sufriendo" es porque primero se nos hablo de la "autoestima" después se nos enseño el "culto a la personalidad" y esto nos llevo directamente al neoliberalismo, que no es una política sino que una forma de vivir.

En este contexto esta el nuevo "psicopoder" que ha puesto en jaque a todas las instituciones sociales, muy especialmente a las instituciones escolares y universitarias, en cuanto modelan la expresión del deseo.

Asistimos, hoy por hoy, a estrategias que movilizan el deseo en función del consumo a escala planetaria. Las imágenes de la hiperindustria cultural se convierten en contaminantes y tóxicas, de manera mucho más radical y peligrosa que los motores de combustión, cuando se propone a las nuevas generaciones un individualismo hedonista y cínico, cuyo horizonte posible de una sociedad con esas características bien pudiera ser el autoritarismo globalizado, es decir, la barbarie.

Este comentario habla de una experiencia con la intención de comparar y mostrar que esto nos pasa a muchas y/o muchos. Al hablar de las mujeres creo yo, si hablara, me referiría entre otras a esas mujeres que se adelantan o se intercalan en el camino de los hombres para que nos casemos con otros mejores.

No se da importancia más que a la inteligencia original y al amor, y todo lo que no proceda de esas dos fuentes nos tienen sin cuidado, por eso me refiero a "otras peores". La mujer es en realidad el lazarillo del hombre y el hombre el lazarillo de la mujer en la noche inhospitalaria del mundo. Hay que ser feliz sin que ellos lo sepan.

El napolitano del paraguas me dijo una gran verdad; "Señora Sinderesis, el hombre debe saber devolver a la noche la mujer que se empeña en irse a la noche". "Vanidad de vanidades, y todo es vanidad". Este hombre, en efecto, es incapaz de cambiar nada en mi orden ni menos del mundo; es impotente ante las injusticias que a diario se producen a su alrededor. (*)

La vanidad es tan fantástica, decía Ernesto Sábato que; "hasta nos induce a preocuparnos de lo que pensarán de nosotros una vez muertos y enterrados".

La belleza de amar

En una cosa estamos muy de acuerdo con Sinderesis -mi esposa- y es que "Amar no solo en lo que pudiéramos llamar la vida social, sino en la misma naturaleza, tropezamos a cada instante con ilusiones y realidades".

No hay fenómeno en el Cosmos que no tenga una apariencia, que para el ser humano que es casi siempre una ilusión, y que no lleve dentro de sí una realidad, que es la verdad científica, pero que se encuentra en nuestro amor.

El cielo es azul y finge una inmensa bóveda que nos envuelve. ¡Y qué hermosa y qué clara y qué esplendente se nos muestra en las horas del día, y qué techonada de estrellas en las noches tranquilas, y despejadas! Es el cielo, y este nombre le damos. Y con el pensamiento le seguimos prolongando hacia el infinito, cada vez más azul y más espléndido, y más poblado de ángeles y de seres celestiales.

Esto es crítico de los sentimentalistas que buscan dar una noche de felicidad. Baga la vista sobre la multitud de artículos y folletos que yacen empezados y no acabados más de seis meses sobre la mesa y que sólo existen los títulos, como esos nichos preparados en los cementerios que no aguardan más que el cadáver; comparación exacta, porque en cada artículo entierra una esperanza o una ilusión.

¡Siempre la ilusión, bella y consoladora; Siempre la realidad, árida, implacable y fría!

Pero, ¿qué tiene que pasar para que un ser comprometido no de vuelta los ojos a los cristales del balcón ajeno? ¿No fue acaso ese mismo ser el que permitió que se viera empañados y llorosos por dentro los cristales de su hogar?.

Otra vez la ilusión, con todas las ilusiones del amor, otra vez la realidad, con su escalpelo, que es verdadero escalpelo para el hombre.

En todas partes lo mismo: la ilusión consoladora y bella, la realidad que analiza, seca y destruye, y nos devuelve ilusiones y esperanzas hechas jirones, sin más jugo que el de la burla ó el del escarnio.

Entonces hagamos como hacían los romanos que en sus famosas saturnales los trocaban los papeles y se los daban a los esclavos para que contaran la verdad a sus amos, después de esta comunión ambos se retiraban en paz.

Yo, soy un hombre viejo, muy viejo, una vez ya alguien me dijo que había vivido más de lo que me queda por vivir y creo que con esta costumbre humilde muy digna del cristianismo, como la comunicación en pareja es fundamental. El amor después del amor, significa mirar a su pareja y decirle; "...esta noche me dirás la verdad que no me enojare, y tú no te enojes, te comprenderé".

Después de eso, tenemos dos caminos; "...me reiré como aquella risa del demonio de la gula que reconoce su campo". Y lo segundo; terciar el poncho, calar el sombrero y a la calle". En mi caso no fue ni lo uno ni lo otro, es la belleza de amar.

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Eclesiastés 1,2-3.


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