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ultimo tiempo como hemos visto peregrinar a nuestros hermanos en busca
de salud, por la amenaza que representa la fiebre amarilla que por
desgracia cobro la vida de humildes ciudadanos en Luque. Llegamos al
borde de la crisis de la cordura, expresada en el fracasado sistema
sanitario de nuestro país, fuimos incapaces de organizarnos
razonablemente y facilitar la atención sanitaria.
Gente que en la desesperación, exaltaba la discordia a su máxima
expresión, la impotencia que la animaba hizo lo suyo. Años nos ha tomado
la recuperación de la sensatez.
Ha debido tejérsela con diálogo, paciencia, tolerancia, legalidad,
justicia y verdad. Ninguno de estos pasos hacia la recuperación de la
cordura habría sido posible si hubiéramos olvidado que con la tolerancia
se logra más.
Todavía queda mucho por hacer. La concordia sólo podrá alcanzarse
mediante una conversión a la razón del sufrimiento de nuestro semejante
que en este trance ha perdido un familiar. La invocación al Cristo,
justa y serena de la que nunca debiéramos desesperar, provendrá del
perdón, nos dicen nuestros pastores.
Nuestra deuda con los jóvenes es necesario debatir ampliamente buscando
los canales que permitan abordar programas dirigida a jóvenes, como un
acto de restitución de la deuda histórica que con los jóvenes tiene
Paraguay.
En efecto, que hemos hecho mal para que nuestros jóvenes se vuelvan
apáticos, delincuentes y drogadictos. Esta es al menos la cara más
mediática y recurrente. Se ha vuelto menos común conocer de jóvenes que,
viviendo en situaciones complejas y de alta marginalidad social,
trabajan anónima y silenciosamente por mejorar el entorno y la calidad
de vida de sus pares y del resto de la comunidad.
La memoria de la compasión de Cristo nos despeja la vía. La presencia
real de Cristo en los crucificados de ayer y de hoy, nos remite al
prójimo. El "otro", el enemigo inocente o culpable, habita en el corazón
de Cristo: en el corazón humano de Dios hay lugar para todos. Dios no
sabe odiar. Dios sólo ama. La memoria eucarística de la pasión de Cristo
no tendría sentido si no fuera acordarse de la compasión de Dios por los
que nos padecen, hijos suyos y hermanos nuestros en virtud de su Hijo
Jesús.
El viernes santo los cristianos besamos la cruz porque creemos que no
estamos condenados a repetir fatalmente los errores de la historia.
Recordando con valentía este tiempo que nos ha tocado vivir, un tiempo
donde la automoribundia del pasado nos mueve a olvidar, imaginamos un
mundo futuro más justo y misericordioso.
¿Qué habrá que guardar en el corazón? Quien era el Cristo aquel a quien
despreciamos para luego pisotearlo sin problema. Nos equivocamos. ¿Nos
cegó la impotencia?. Nos fanatizamos. Nos engañó la prensa o nos dejamos
engañar. No fuimos los mejores, sólo Dios es bueno. Habrá que recordar
que Cristo no se reparte en unos y otros para la división, la exclusión
y la confrontación, sino para ser compartido entre sus hermanos.
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"...de las rebeldías contenidas" |
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"Ni la generalización de la
miseria, ni la emigración masiva, ni el fastuoso y descarado
rápido enriquecimiento de los gobernantes y sus entornos han
creado las condiciones para que el pueblo tome conciencia de
la necesidad de un cambio radical en la conducción política
del país".
Editorial: ABC Color 13/02/2008 |
No es que con esto también que se quiera restar
relevancia a la gravedad del hecho que haya un número importante de
jóvenes que delinquen. Se trata más bien de buscar las causas de estos
hechos y encontrar soluciones de largo alcance que sean efectivas.
¿Por qué y para qué recordar? Para reparar. Hay daños reparables y otros
irreparables que son las victimas huérfanas de apoyo. Habrá que volver
sobre los hechos, porque la memoria precisa del daño que nos dará el
criterio exacto del juicio, del perdón y de la cura. Las reparaciones
son arduas y algunas de ellas imposibles.
La memoria de Cristo, de su muerte y resurrección, nos sacará de la
frustración infinita que acarrea la conciencia de los daños irreparables
que nos hemos infligido. El recuerdo de la pasión compasiva de Cristo
desde el Gólgota hasta nuestros días, es la medida de la esperanza
cristiana.
La esperanza de un Paraguay fraterno, para que no sea fuga a un futuro
inhumano y deshumanizante, ¿como es posible que la vacuna amarilica
fuera suministrada mediante una orden judicial? este pensamiento
requiere que recordemos y creamos que la reparación es posible, aunque
no para los que murieron. Pero reparar no basta. Cristo puede aún más.
La memoria del crucificado es recuerdo del resucitado que, por su
Espíritu, inspira hoy la creación de una comunidad todavía mejor que la
perdida.
El respeto de la dignidad ajena, la libertad de las conciencias, la
justicia a las víctimas de la negligencia, la sujeción a la legalidad
establecida en común, la conversación, la discusión de las ideas y la
participación plural anticipan de algún modo el "reino de Dios", la
apuesta de vida de Jesús.
La recuperación de la democracia equivaldrá a la recuperación de la
cordura, cuando la convivencia que anhelamos sea pensada y debatida con
un corazón que haga suya la pena del enemigo. ¿Una democracia "al
revés"? ¿Un acuerdo democrático nacional que no consista en prevalecer
sobre los demás, sino en que los demás prevalezcan sobre uno? La
sensatez, la racionalidad de un corazón compasivo como el de Jesús, así
lo exigiría.
Mirando con amor el pasado, a fuerza de recordar las victimas por causa
de la fiebre amarilla, aquel ser era nuestro hermano, haciendo que el
clamor de sus familias es nuestro clamor, el hijo de Dios, el Cristo
espera para gobernar a su pueblo, él nos liberará para crear una
sociedad como Jehová nuestro dios quiere.