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Salir a la calle, otra vez, a ver cómo es Luque en primavera. Una bella ciudad,
un momento raro en este país, como si sonaran por dentro clarines que sólo
identificarán los perros y los caballos.
Me paraba a cada rato a mirar, extasiada, los lapachos en flor en pleno inicio
de primavera Cargadas las ramas de los árboles, arqueadas bajo el peso de esas
flores blancas, rosadas, y amarillas que parecen espuma.
El cielo, azul intenso, sin una nube en el horizonte, por fin sin la bruma de
los incendios forestales.
Una brisa suave, tibia, acaricia mi rostro. Y pensé en mi amor, en lo que él ama
estos lapachos, que vimos tantas veces viniendo del "Santa Tere" atravesando la
plazoleta de la Iglesia Virgen del Rosario de Luque, hoy Santuario.
Se me llenan los ojos de lágrimas al recordar de que un día, me dijo: "Me
duele mirar tu hermosura en primavera".
Al despertarme y escuchar el canto de los pájaros, tan cerca de mi ventana,
parece una serenata exclusiva. Me alegro ver los árboles del bosquecillo, ahora
enorme.
Me alegra y me duele sentarme en la cama y pensar en mi amor antes de que pueda
sacudirme esta modorra. Pararme frente a mi cama y ver mi ropa, tocar algunas
prendas. Siento el deseo irresistible al mirar el teléfono y escuchar su voz,
suave, siempre dulce atenta, preguntándome lo cotidiano, lo simple, lo
importante, lo intimo.
Entonces le hablo en silencio. Le digo que no me olvide, que no me deje, que
cuide este momento único que vivo en primavera, que me acompañe para siempre.
Que ambos estamos extrañándonos tanto. Claro, lo veo poco, estuvimos ausentes
tanto tiempo, nos juntamos con suerte una vez al año, pero tengo la certeza de
que él está ahí. Está hoy extrañándome, sin embargo, lo siento muy cerca. De
otra manera, lo reconozco en tantas señas, en tantos pequeños regalos y
atenciones que han ido llegando a mis manos desde que se alejo.
Y, como nunca, también reconozco en esta primavera que las huellas del amor que
dejó en mi son imborrables, invisibles, pero imborrables.
Entonces, le agradezco. Por haberme enseñado el amor un día de primavera, por
haberme hecho mujer y yo a él hombre, -creo que así fue- por mí ese día podría
haberme muerto de felicidad.
Pero, porfiadamente, me abandonó, me empujó a hacer lo mismo antes de que yo
lanzara el primer llanto por él.
Tuvimos un rasgo inequívoco común en primavera: ambos somos sobrevivientes
innatos. Expuestos a la vida, enamorados de ella. Amores fuertes y, al mismo
tiempo, tan vulnerables. Le doy las gracias porque me enseñó a volar y nunca
intentó siquiera cortarme las alas.
Nunca me dijo "vuelve, me haces falta, ya es hora". Lo sugirió, lo formuló,
quizás, como un reclamo amoroso, pero nunca me presionó. No insistió y estaba en
todo su derecho de hacerlo como mi dueño, mi amo y señor.
Siempre le estaré agradecida por su generosidad, su capacidad de amar y entender
que todos somos personas en busca del amor, y no encontramos el camino para
llegar a el.
Hoy, en primavera lo recuerdo, casi lo escucho. En el silencio de la noche y en
la brisa del atardecer. Con su voz, más dulce que nunca, me dice que me quiere,
que no estoy sola y que tengo muchas primaveras por delante.
Que él tiene ahora una nueva vida, bella y plena y que es eternamente feliz
cuando piensa que una vez me amo. Que no tenga pena, porque el amor verdadero se
disfruta en el recuerdo, y es cuando realmente amamos.
Cierro los ojos y me parece verlo en primavera, a ese adolescente de 17 años que
un día de primavera me hizo mujer y que me regalará la misma sonrisa con que hoy
lo recuerdo.
Sinderesis.