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Adam Smith, ni Karl Marx, los dos, en la pureza de sus convicciones, imaginó un
orden con regulaciones morales, legales y sociales, hacen que una empresa ya no
pueda ser verticalista.
El orden de las apariencias de una empresa con administración verticalista se
asemeja a un ciempiés que, no obstante las apariencias, guarda en su vientre la
semilla de su propia derrota, drama que tan bien reflejara Gustav Meyrink en la
analogía del ciempiés.
Cuenta el escritor austriaco la historia de un ciempiés que bailaba pleno de un
inimitable encanto, trazando sus lazos y espirales, y haciendo brillar su cuerpo
como si estuviera hecho de piedras preciosas.
Eso, claro, hasta que un pobre sapo, quizá por envidia, quizá por desprecio
hacia sus destrezas, le hizo un mal día la pregunta fatal: "dime, admirable
maestro, cuando empiezas a bailar ¿mueves primero el primer pie izquierdo y
luego el número noventa y nueve de la derecha? ¿O comienzas por el número cien
de la izquierda y echas después el número cincuenta y tres de la derecha,
moviendo después el tercero de la izquierda y luego el número setenta y dos de
la derecha? ¿O lo haces al revés?"
Bueno, el ciempiés movió un pie, luego el otro, tratando de recordar cómo lo
había hecho hasta entonces. Pero comprobó que no lo sabía. Y desde ese instante
no pudo hacer el menor movimiento. Así ocurre con las cosas que creemos que se
regulan a sí mismas, casi movidas por una mano invisible, es el entorno el que
las regula.
* La moraleja; "Por un sapo no se vendió un cajón de ranas". |