|
 |
|
Arroyo Yukyry |
 |
¿La cuestión ambiental supone considerar y examinar detenidamente, con razonable
equilibrio por parte de la autoridad ambiental luqueña, el concurso de intereses
que concurren siempre que estamos en presencia de una potencial fuente
generadora de daño ambiental, los afluentes y pequeños arroyitos, especialmente,
cuando éstos impactan la salud pública.
En principio, podemos afirmar que el resguardo de los intereses de los más
vulnerables, requiere de una institucionalidad que garantice la participación
activa de los ciudadanos, los centros de investigación y los académicos en la
toma de decisiones que afecten el medio en que se desenvuelve una comunidad.
Esto hace necesario repensar los mecanismos de democracia local existentes, una
tarea claramente pendiente en el Paraguay del siglo XIX.
Ejemplos sobran para describir y demostrar dicha tarea pendiente. Lo primero que
podemos constatar es la manifiesta soledad en que se encuentran las personas en
nuestro Paraguay, situación que se ve reflejada en Luque: desempleo de padres y
madres de familia; sueldos míseros en gran parte de los trabajadores asalariados
paraguayos; los consumos básicos de agua, gas, luz y teléfono han sufrido un
importante abandono al devenir del mercado; la educación desigual para miles de
niños entregada en parte a los municipios y a sostenedores privados; un franco
deterioro de la salud pública; generación de verdaderos ghetos en las compañías
luqueñas (similar caso sucede en las escuelas rurales del país); los malos
tratamientos de nuestros pueblos indígenas, adultos mayores, jóvenes, y por
último el deterioro del medio ambiente.
Un abandono del Estado, en función de una fuerte reducción de la cosa pública
que va directamente a las campañas políticas, que es lo mismo que abandonar el
bien común.
Con todo, la regla esencial supone comprender que el fundamento ético de la
regulación ambiental, y en consecuencia de la asignación de derechos, es la
solidaridad.
Conciliar democracia local y medio ambiente, nos permitirá asignar derechos,
tutelarlos y que éstos dejen de ser meros principios programáticos que quedan,
finalmente, al arbitrio de quien detenta el poder su cumplimiento o no.
Es precisamente la solidaridad como fundamento, la que nos permite aspirar
moralmente a la consagración de derechos -y la asignación de los mismos- a
quienes en la doctrina decimonónica no lo eran, sujetos que ni remotamente
sabemos que van a existir y que esperamos que existan, las generaciones futuras.
El desafío de la cuestión ambiental es claramente de futuro. La idea rompe con
el clásico molde kantiano, que es nada más que la "Crítica de la razón pura".
Este no se plantea unilateralmente: si el sujeto cartesiano es reflexivo, el
kantiano es igualmente transitivo. Ni intuición, ni concepto, la unidad del "yo"
es, además, la posibilidad o el poder originario de la conciencia de oponerse a
un objetivo cualquiera antes de experimentar los objetos tal como son.
La aproximación que se hace a principios de los años noventa es precisamente
esa: derechos de protección al medio ambiente para las generaciones venideras,
situación que no paso por Luque.
Ya no resultan aceptables las excusas de que los propios vecinos arrojen basura
en los afluentes a cielo abierto, como tampoco es posible seguir sosteniendo que
la cuestión ambiental no esté siendo tomada en cuenta por la autoridad
Municipal, cuando debería ser una institución dotada de la suficiente autonomía
política y financiera, para cumplir con la exigencia cada vez mayor de una
sociedad que demanda para los individuos que la componen, un estadio más
armonioso para el desarrollo de sus planes vitales.
"Niños que juegan con los esqueletos de los caballos muertos" es el titular de
una nota meses atrás del diario ABC Color, (15/II/04) que sorteó la cada vez más
frecuente censura que padece dicho medio por parte de las autoridades
Municipales, y que relata sobre un grupo de niños del lugar, que sufren los
efectos del olor a podrido que emana de la majadería contaminando las aguas del
arroyo Yukyry.
¿Esta es nuestra apuesta de lo que entendemos por educación para nuestros hijos
o nuestros hijos pobres no importan?.
La existencia de vertederos en zonas pobladas del Gran Asunción y Luque indigna
la conciencia democrática y exige acciones decididas a resolverlo.
Ya no podemos seguir tolerando la existencia de vertederos en tierras indígenas,
que no sólo poseen un estatus de protección especial, sino que tienen una
trascendencia mayor pues para ellos son sagradas. Una situación que conlleva un
incumplimiento demasiado grosero con el medio ambiente. En un gobierno en el que
nadie se manda solo, la lista de desastres ambientales es innumerable.
¿Qué hacer? Creo que la respuesta es más sociedad civil, más organización y más
acción en los tribunales por una parte. Por la contaminación del arroyo Yukyry
hace años atrás nadie fue preso, y por la otra, obligar a un nuevo pacto social,
que establezca los mínimos aceptables para el funcionamiento de una sociedad que
descansa en la felicidad y en los sueños de sus actores.
Que no los aplaste con medios de protección, que con suerte sirven de papel
higiénico en alguna aventurilla outdoor de empresarios luqueños aburridos de la
capital y su rutina de negocios, que incluso los lleva a postularse -con una
caja de recursos bastante holgada- para algún puestito como ser;, Concejal
Departamental en la Gobernación de Central porque estando como Concejal por la
Municipalidad de Luque no hizo nada.
Que los niños de Yukyry dejen de oler a la aguas pestilentes y padecer sus
efectos, es un imperativo ético ineludible para un Estado que descansa, sólo en
la forma, en la noción de soberanía popular.