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Segunda Quincena de Enero/2007

Ya no resultan aceptables las excusas de que los propios vecinos arrojen basura en los afluentes a cielo abierto, como tampoco es posible seguir sosteniendo que la cuestión ambiental no esté siendo tomada en cuenta por la autoridad Municipal, cuando debería ser una institución dotada de la suficiente autonomía política y financiera, para cumplir con la exigencia cada vez mayor de una sociedad que demanda para los individuos que la componen, un estadio más armonioso para el desarrollo de sus planes vitales.

Por contaminar el arroyo Yukyry años atrás nadie fue preso.

Afluentes y arroyos contaminados
en el Luque de las oportunidades.


Arroyo Yukyry

¿La cuestión ambiental supone considerar y examinar detenidamente, con razonable equilibrio por parte de la autoridad ambiental luqueña, el concurso de intereses que concurren siempre que estamos en presencia de una potencial fuente generadora de daño ambiental, los afluentes y pequeños arroyitos, especialmente, cuando éstos impactan la salud pública.

En principio, podemos afirmar que el resguardo de los intereses de los más vulnerables, requiere de una institucionalidad que garantice la participación activa de los ciudadanos, los centros de investigación y los académicos en la toma de decisiones que afecten el medio en que se desenvuelve una comunidad. Esto hace necesario repensar los mecanismos de democracia local existentes, una tarea claramente pendiente en el Paraguay del siglo XIX.

Ejemplos sobran para describir y demostrar dicha tarea pendiente. Lo primero que podemos constatar es la manifiesta soledad en que se encuentran las personas en nuestro Paraguay, situación que se ve reflejada en Luque: desempleo de padres y madres de familia; sueldos míseros en gran parte de los trabajadores asalariados paraguayos; los consumos básicos de agua, gas, luz y teléfono han sufrido un importante abandono al devenir del mercado; la educación desigual para miles de niños entregada en parte a los municipios y a sostenedores privados; un franco deterioro de la salud pública; generación de verdaderos ghetos en las compañías luqueñas (similar caso sucede en las escuelas rurales del país); los malos tratamientos de nuestros pueblos indígenas, adultos mayores, jóvenes, y por último el deterioro del medio ambiente.

Un abandono del Estado, en función de una fuerte reducción de la cosa pública que va directamente a las campañas políticas, que es lo mismo que abandonar el bien común.

Con todo, la regla esencial supone comprender que el fundamento ético de la regulación ambiental, y en consecuencia de la asignación de derechos, es la solidaridad.

Conciliar democracia local y medio ambiente, nos permitirá asignar derechos, tutelarlos y que éstos dejen de ser meros principios programáticos que quedan, finalmente, al arbitrio de quien detenta el poder su cumplimiento o no.

Es precisamente la solidaridad como fundamento, la que nos permite aspirar moralmente a la consagración de derechos -y la asignación de los mismos- a quienes en la doctrina decimonónica no lo eran, sujetos que ni remotamente sabemos que van a existir y que esperamos que existan, las generaciones futuras.

El desafío de la cuestión ambiental es claramente de futuro. La idea rompe con el clásico molde kantiano, que es nada más que la "Crítica de la razón pura". Este no se plantea unilateralmente: si el sujeto cartesiano es reflexivo, el kantiano es igualmente transitivo. Ni intuición, ni concepto, la unidad del "yo" es, además, la posibilidad o el poder originario de la conciencia de oponerse a un objetivo cualquiera antes de experimentar los objetos tal como son.

La aproximación que se hace a principios de los años noventa es precisamente esa: derechos de protección al medio ambiente para las generaciones venideras, situación que no paso por Luque.

Ya no resultan aceptables las excusas de que los propios vecinos arrojen basura en los afluentes a cielo abierto, como tampoco es posible seguir sosteniendo que la cuestión ambiental no esté siendo tomada en cuenta por la autoridad Municipal, cuando debería ser una institución dotada de la suficiente autonomía política y financiera, para cumplir con la exigencia cada vez mayor de una sociedad que demanda para los individuos que la componen, un estadio más armonioso para el desarrollo de sus planes vitales.

"Niños que juegan con los esqueletos de los caballos muertos" es el titular de una nota meses atrás del diario ABC Color, (15/II/04) que sorteó la cada vez más frecuente censura que padece dicho medio por parte de las autoridades Municipales, y que relata sobre un grupo de niños del lugar, que sufren los efectos del olor a podrido que emana de la majadería contaminando las aguas del arroyo Yukyry.

¿Esta es nuestra apuesta de lo que entendemos por educación para nuestros hijos o nuestros hijos pobres no importan?.

La existencia de vertederos en zonas pobladas del Gran Asunción y Luque indigna la conciencia democrática y exige acciones decididas a resolverlo.

Ya no podemos seguir tolerando la existencia de vertederos en tierras indígenas, que no sólo poseen un estatus de protección especial, sino que tienen una trascendencia mayor pues para ellos son sagradas. Una situación que conlleva un incumplimiento demasiado grosero con el medio ambiente. En un gobierno en el que nadie se manda solo, la lista de desastres ambientales es innumerable.

¿Qué hacer? Creo que la respuesta es más sociedad civil, más organización y más acción en los tribunales por una parte. Por la contaminación del arroyo Yukyry hace años atrás nadie fue preso, y por la otra, obligar a un nuevo pacto social, que establezca los mínimos aceptables para el funcionamiento de una sociedad que descansa en la felicidad y en los sueños de sus actores.

Que no los aplaste con medios de protección, que con suerte sirven de papel higiénico en alguna aventurilla outdoor de empresarios luqueños aburridos de la capital y su rutina de negocios, que incluso los lleva a postularse -con una caja de recursos bastante holgada- para algún puestito como ser;, Concejal Departamental en la Gobernación de Central porque estando como Concejal por la Municipalidad de Luque no hizo nada.

Que los niños de Yukyry dejen de oler a la aguas pestilentes y padecer sus efectos, es un imperativo ético ineludible para un Estado que descansa, sólo en la forma, en la noción de soberanía popular.

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Fotos: ABC color.


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