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17 de junio de 1527, Alvar Núñez Cabeza de Vaca zarpó del puerto español de
Sanlúcar de Barrameda una expedición al mando del gobernador Pánfilo de Narváez
con el propósito de ir a colonizar la costa del Golfo de México y la Florida.
La componían cinco naves y seiscientos hombres, y el tesorero y alguacil mayor
de la expedición era el jerezano Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Este hombre sería
uno de los cuatro supervivientes de la nutrida expedición, tras vivir por
tierras americanas una increíble odisea que quedaría recogida en su obra
literaria autobiográfica Naufragios y comentarios.
Los hombres de Pánfilo de Narváez desembarcaron en la bahía de Tampa (Florida)
en la primavera de 1528. Allí, en contra de la opinión de Cabeza de Vaca,
Narváez despidió a las naves, con la intención de seguir la expedición por
tierra hasta el Río Grande, que hoy forma la frontera de México con los Estados
Unidos; pretendía, por tanto, recorrer por tierra todo el sur de este gran país.
Pronto surgieron las dificultades, en forma tanto de terreno pantanoso como de
escaramuzas con los hostiles indios timaquanos. Los españoles tuvieron de
construir cinco canoas con las que fueron costeando trabajosamente el litoral
hasta más allá de la desembocadura de los ríos Alabama y Missisippi.
Junto a la isla que llamaron del Malhado, Narváez y muchos de sus hombres
naufragaron y perecieron. La expedición, diezmada por las enfermedades y las
privaciones, quedó reducida a ochenta hombres.
Una sucesiva serie de desventuras y ataques de los indios hizo que el grupo
quedase limitado a cuatro: Cabeza de Vaca, los soldados Dorantes y Castillo y un
esclavo negro llamado Estebanico.
Estos cuatro hombres decidieron, tras seis años de vagar por aquellas tierras
entre tribus de indios menos belicosas, viviendo desnudos como ellos, intentar
llegar a México. Siempre en dirección a occidente, los cuatro supervivientes
emprendieron la travesía del territorio de Texas.
Cabeza de Vaca nos relata en sus escritos cómo los cuatro adquirieron entre las
tribus indias fama de curanderos. Ninguno de ellos sabía nada de medicina, pero
muchas veces bastaba un leve toque en la cabeza del paciente para que éste
dijera haberle desaparecido el mal e irse tan satisfecho. Gracias a esta fama de
curanderos, fueron bien acogidos en varias tribus; hasta venían a buscarlos
desde poblados lejanos.
Comerciando eventualmente con los indios, consiguieron algunos alimentos y
pieles de venado con que cubrirse pero, por lo general, como relata Cabeza de
Vaca, "por toda esta tierra caminábamos sin ropas, y como no estábamos
acostumbrados, a manera de serpientes, mudábamos de piel dos veces al año... con
frecuencia tropezábamos con piedras y espinos y nos hacíamos heridas... los
pocos alimentos con los que nos abastecíamos sólo los lográbamos después de
indecibles esfuerzos".
De este modo, Cabeza de Vaca y sus hombres remontaron y cruzaron el Río Grande,
y atravesaron el actual estado mexicano de Chihuahua y la inhóspita Sierra
Madre. Por fin, tras haber encontrado un destacamento de españoles en Sinaloa,
los cuatro expedicionarios entraban a fines de julio de 1536 en la ciudad de
México.
Basta con mirar en el mapa la distancia entre la Florida y la capital mexicana
para hacerse una idea de la magnitud de la aventura, y basta también con un
vistazo a cualquier página de los Naufragios para conocer las increíbles
peripecias que la salpicaron.
En el año 1536 consiguieron llegar a un asentamiento español en el río Sinaloa,
en México. En 1537 Cabeza de Vaca regresó a España, y como recompensa fue
nombrado gobernador del Río de la Plata, en el extremo meridional de Sudamérica.
Entre 1541 y 1542 estuvo al frente de una expedición que recorrió 1.600 km, a
través del sur de lo que es hoy Brasil, hasta Asunción, la capital de Río de la
Plata.
Tomó posesión como gobernador de la provincia en 1542, pero dos años después,
como resultado de una revuelta, a causa de unas 3.000 palmas sacadas de Ñu Guazú
fue expulsado. En 1544 tuvo que volver a España bajo la orden de arresto y, poco
después, fue desterrado a África, hasta que en 1556 obtuvo el perdón y una
pensión.
Su relato de la expedición de Narváez, Relación (1542), y sus narraciones sobre
la ciudad de Zuñi y sus pobladores, una de las legendarias Siete Ciudades de
Cibola, sirvió de aliciente para otras expediciones al continente americano, en
especial las de los exploradores Hernando de Soto y Francisco Vázquez de
Coronado. |