Una
extrema concentración del poder en el sistema político paraguayo ha brindado
hasta ahora muy pocas oportunidades para las sorpresas. Los premios electorales
más importantes otorgados por las cúpulas de los partidos -presidente,
parlamentarios o intendentes- se distribuyen en un círculo muy cerrado de
personas, de una manera altamente previsible y sin mayor competencia interna, o
entre bloques políticos. Lo mismo es decir que son los de mayores ingresos
económicos del país.
Esta especie de rotativa oligárquica implica en cierto sentido vivir de las
apariencias. Permite, por ejemplo, designar autoridades a dedo, como ocurrió en
las pasadas elecciones, en donde la ciudadanía creyó haber sacado al Partido
Colorado del poder, hecho que hasta a esta altura de los acontecimientos resulta
un fiasco.
La estrechez política del sistema de listas cerradas otorga, de manera
indirecta, un enorme poder político a las mesas de los partidos. Ellas operan
como un cuerpo elector indirecto al imponer candidatos u omisiones, y
disciplinar los acuerdos, en los que suele primar un principio de status quo,
aunque en apariencia se compita.
La doctrina política señala que el adversario está al frente. Pero ello solo es
apariencia porque en la realidad el adversario es el aliado o compañero de lista
y una vez en el poder, toma en camino que nunca quiso perder.
Un hecho claro de todo lo que decimos son las posiciones asumidas por el
Presidente y el Vicepresidente de la República. La realidad enseña que el
gobierno es, en muchos sentidos, una apariencia de mayoría, pues en la práctica
el modelo institucional paraguayo obliga, mediante un intrincado sistema de
quórum parlamentarios, a aplicar las reglas del consenso y el acuerdo con la
oposición para poder Gobernar.
Sin embargo, progresivamente este sistema de apariencias se resiente. Muchas
materias sociales y políticas vuelven a tener una cierta simetría entre lo que
realmente son y lo que parecen ser. El crecimiento con equidad queda desnudo en
la brutalidad de una enorme brecha social de poder económico entre empresarios y
trabajadores, y aparece la pugna por el salario ético, la cual reclaman las
centrales obreras de Paraguay. La aceptación social de las reglas del juego
económico deja de enmascarar el abuso de los pequeños propietarios por parte de
los grandes, y la orfandad por parte de las otras.
En materia política es fácil percibir que quien desea competir debe romper la
inercia del círculo político mezquino. Y que ello es más fácil, aparentemente,
desde la impugnación del orden actual, que desde la adhesión y la disciplina. Y
se instala el debate de los díscolos y de las movilizaciones sociales. Avala
esta percepción la creciente volatilidad política de la ciudadanía, y su
desafección de los partidos políticos y las coaliciones tradicionales.
La primera víctima es el gobierno, porque el síndrome de la ansiedad y la
anticipación para obtener ventajas es el que domina el espacio casi vacío de
conducción política, y produce candidatos madrugadores. Pero el tema va más allá
y toca el sistema en su conjunto, especialmente el poder de los partidos que,
para seguir en el juego, requieren tener opciones para negociar.
Lo que cada vez es más difuso es si todos los candidatos que hoy se muestran
están convencidos de que requieren de los partidos para su éxito. Porque los
cambios en el escenario sugieren, en muchos aspectos, la posibilidad que se
estén incubando las condiciones para la competición por fuera. Es decir, para la
aparición de caudillos puros. O que la representación cruda del interés y del
dinero asuma el gobierno sin mediaciones de ningún tipo ni justificaciones
doctrinarias de liderazgo natural.
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Calendario electoral proporcionado
por la Justicia Electoral de Luque.
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