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o podría dejar de pensar que a través
del contacto con otros emigrantes, por ejemplo, nos podemos dar cuenta
de la gran sabiduría de la distinción que hace el premio Nóbel de
literatura 1986 el nigeriano Wole Soyinka entre irse al extranjero y
llegar al extranjero.
Cualquiera que vea a los paraguayos que se refugian en los recuerdos de
sus valles se dan cuenta de que ellos fueron pero nunca llegaron a su
destino, su destino es su patria, su valle, la mandioca cocinada con
leña, la sopa y el terere.
Muchos de los paraguayos que estamos dispersos por el planeta hemos
tenido que dar el salto necesario para llegar de verdad al mundo al que
nos fuimos y no tratarlo como si fuera la locación exótica de una larga
película con subtítulos.
Llegar de verdad al extranjero, como exiliado o como emigrante, cobra un
precio incalculable que se tiene que pagar en moneda dura, en
identidades desmontadas y vueltas a armar, en afectos que son tan reales
como inexplicables.
Los emigrantes no nos quedamos suspendidos en el tiempo sino que
continuamos en una simultaneidad alterna que -aunque sea en ciertos
momentos- se desarrolla en lugares donde nada convoca el recuerdo de la
primera patria, donde la diferencia es radical e impermeable a cualquier
ecualización nostálgica, donde la lluvia no es como la de Maramburé o
Jaguarete Cora en Luque.
Donde el aire no huele como el de Campo Grande, donde el cielo y el
paisaje no son de colores nunca antes vistos, donde no existe un río o
un arroyo, y donde nosotros mismos nos desconocemos la propia lengua en
el sabor preciso de una fruta jamás antes probada o de una palabra
intraducible en guaraní. "Porque ese cielo azul que todos vemos, no es
cielo, ni es azul. Lástima grande que no sea verdad tanta belleza."
Lupercio Leonardo de Argenzola, (1559-1613).
A lo mejor nos hemos puesto un poco raros, pero no somos sonámbulos, no
hemos muerto ni desaparecido por vivir fuera de
Paraguay. Tampoco nos
hemos vuelto locos, pero sí somos otros paraguayos diferentes, y como
tales sería bueno que se nos considere iguales a nuestros ciudadanos o a
los emigrantes de distintas nacionalidades que viven en
Paraguay, y se
nos atiendan nuestras necesidades, comenzando con una radiografía; un
Censo y saber cuantos somos en el "18º Departamento" .
Da lo mismo el número de departamentos que el
Paraguay tenga, si el otro
departamento esta siendo creado por los emigrantes paraguayos en el
exterior.
No nos tengan miedo. Los de afuera tenemos mucho que contribuir,
incluyendo buenas recetas de sopa, de chipas. Los nombres de nuestras
Ciudades son un río con barcazas interminables de pura poesía. La verdad
es que no somos nada especial; es falso que "de lejos se ve más claro",
así como tampoco es cierto que estar en el "Kara ku" sea un requisito
necesario para entender de qué se trata el guiso de una nación.
Los derechos ciudadanos no dependen de la claridad mental o de tener los
dedos encallesidos. En el mundo de hoy, vivir a unos kilómetros más o
menos de una fronteras cada vez más borrosas tampoco debiera ser un
obstáculo para ejercer los derechos fundamentales como ciudadanos,
tenemos el derecho a elegir a nuestras autoridades en el
Paraguay, (el
derecho a votar) por los que muchos luchamos, así, se nos niegan
nuestros legítimos derechos como paraguayos.
Algunos de nosotros, para ser precisos, tenemos nostalgia de algo que
nunca hemos podido hacer en
Paraguay. Es la nostalgia muy nuestra "es
una nostalgia de la buena", ahora que me saqué todo esto del pecho, voy
a machacar unos yuyos que tengo guardados en el refrigerador y a un "terere
rupa se a dicho chera`a"; no importa que por acá ya llegue el invierno
que todo lo cubre. En mi
Paraguay la primavera viene de norte a sur con
su fragancia a obeña y lapachos floridos.
(continuara) |