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araguay se divide políticamente en 17
departamentos, además del Distrito Capital, Asunción; 14 de ellos están
situados en la Región Oriental: Alto Paraná, Amambay, Caaguazú, Caazapá,
Canindeyú, Central, Concepción, Cordillera, Guairá, Itapúa, Misiones,
Ñeembucú, Paraguarí y San Pedro; los tres restantes están situados en el
Gran Chaco o Región Occidental: Alto Paraguay, Boquerón y Villa Hayes,
el departamento que no se menciona es el 18º compuesto por los
paraguayos que han salido del país.
Esta es una época en que muchos tenemos ocasión de ir más allá de
nuestras fronteras, por distintas razones, los nombres de nuestros
valles los llevábamos en un viaje de exploración por los territorios
donde se fraguaban los sueños de un país a medio hacer.
A los emigrantes paraguayos, en exterior nos tocará hacer el nuevo lugar
que no será el último, como para que nadie se olvide de que el
reconocimiento que se nos da es simbólico y sin mayores consecuencias
prácticas.
La emigración creciente de paraguayos, en especial hacia España, supone
que en unos años más las remesas que se envíen desde el exterior podrían
convertirse en la principal fuente de ingresos de la economía paraguaya.
Los paraguayos que tuvimos que emigrar para encontrar trabajo enviamos
al Paraguay más de 150 millones de dólares durante el año 2005, de
acuerdo con estimaciones oficiales del Banco Central del Paraguay (BCP).
Con esta cifra, las remesas se ubicaron en el cuarto lugar en el ranking
de los rubros que ingresan mayores divisas a la economía del
Paraguay.
No es mucho lo que pedimos, que se nos ayude con un censo, para saber
cuantos somos.
Estamos, los emigrantes fundando el 18º Departamento (Paraguay tiene 17)
en un Paraguay donde no existen ciudadanos de primera categoría o
segunda categoría, los emigrantes fundan el
Paraguay en el exterior
viven en un territorio rotulado en los mapas como
Paraguay y cuya
ciudadanía por lo tanto, jamás se pone en entredicho.
A pesar de que estamos ya bien adentrados en el siglo XXI, el
departamento decimoctavo del mapa, que los emigrantes haremos en el
extranjero será mediante el censo y mantendrá su función como
instrumento positivista para fijar los límites de nuestro andar por el
mundo, y así permanecer siempre en nuestro territorio junto a nuestros
compatriotas.
Por supuesto, los que vivimos "del lado de acá" estamos como se dice en
guaraní, "petei hesa oi tetambuepe ha pe otro Paraguay pe... y da la
impresión de que funcionamos en la imaginación de algunos de nuestros
compatriotas como una especie de sonámbulos.
De vez en cuando estos sonámbulos aparecen en el
aeropuerto Silvio Petirossi de Luque, respiran un poquito el aire de los verdes campos luqueños que son del
Paraguay, y después de un tiempo, recuperado ya el
color gracias a una infusión de rayos ultravioleta, sopa paraguaya,
mandioca caliente cocinada con leña, la chipera con su canasto, regresan
a su territorio de las sombras.
Curiosamente, los que vivimos en el hemisferio norte de América,
generalmente llegamos a
Paraguay al amanecer y nos marchamos de nuevo en
vuelos nocturnos. "I can see the red tail lights heading for Spain" nos
canta Elton John, must be the clouds in my eyes, deben ser mis ojos que
se nublan.
Tal vez por la prevalecía de la idea de que vivir fuera de
Paraguay es
un estado de suspensión, es difícil para los que estamos afuera opinar o
participar sin correr el riesgo de que en algún momento se nos
descalifique por estar "desconectados" de la realidad paraguaya.
Hasta la devoción o la obsesión con que nos dedicamos a pensar los
asuntos de Paraguay se nos echa en cara, presumiendo que estamos
"pegados" en un limbo obsoleto y quejumbroso.
El escritor francés del siglo XX, Albert Camus, sometió a examen lo que
él consideró la absurdidad de la condición humana y la trágica
incapacidad de los seres humanos a la hora de comprender y trascender su
situación.
Camus describe un mundo aparentemente irracional en el que los seres
luchan infructuosamente por encontrar el significado y razón a sus
vidas. Así, en El extranjero (1942), el protagonista no hace entender
que las cosas para un extranjero se hacen en forma diferente, es la
valentía del absurdo, pareciera que estar en el extranjero equivale a
estar en el pasado, o por lo menos en un presente tardío o diferido. "Aretereíma
ndeko reho hague", nos dicen, "Ñande retã nda ha`eveima ymãguareicha",
como si eso fuera una novedad.
No es culpa exclusiva de los compatriotas campesinos que viven dentro
del país que se nos vea así. Desde hace mucho tiempo opera entre muchos
de nosotros los de afuera -no todos, claro- un discurso hipernostálgico
que se nutre de la añoranza, subraya la ausencia y que en sus versiones
más deprimidas que se identifican con el despojo.
Hasta la terminología que usamos está imbuida de (melo)drama: la
diáspora, calamidad funesta de la dispersión, es el término de moda.
Cunde la costumbre de enfatizar que vivimos nuestra paraguayidad como
una carencia.
Las fiestas de fin de año en el extranjero, por ejemplo, tienen una
atmósfera de alegre desesperación, por mucho que uno lo pase bien en
ellas, porque la reproducción de los múltiples objetos de la nostalgia
nunca nos satisfacen, "pe ambivu`i iporaramo ñaikumby ja hechaga'u aja;
mbija`pe hete ramo, jaikumby nte avei ja hasa asy aja.
La sencilla sopa paraguaya pasa a ser un objeto de deseo, más allá del
bien y del mal. Su consumo se convierte en una eucaristía fervorosa en
busca del mágico tereré que al tomarlo nos lleva de vuelta de donde
vinimos.
(continuara) |