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¿Cómo encarar la Nochebuena en el Luque de hoy, la
Navidad, entre el sueño y la realidad?.
Delirio Filosófico:
Ante la avalancha comercial, el desafío consiste en no perder el sentido de la
fiesta, que el número 24 no nos resulte fatal: como si tuviéramos que probarlo
decir que; "el día 24 nacimos".
Doce veces al año amanece un día 24, sin embargo, un día 24 se es dichoso; y no
es la superstición, porque el corazón del hombre necesita creer en algo, y cree
mentiras cuando no encuentra verdades en que creer; sin duda, por esa razón
creen los amantes, los casados y los pueblos en sus ídolos, creen los consortes
y los mal gobernados en sus gobiernos; una de las supersticiones consiste en
creer que no puede haber para nadie un día 24 bueno, ni para los más desposeídos
es como no sintonizar esa realidad.
Hasta la madrugada trabajamos como voluntarios organizándonos, es que, el día 23
es siempre en el calendario víspera de la última desgracia, es cuando el jefe
municipal de Luque manda tener listas las bombas en vísperas de Navidad, así es
que el 23 nos prevenimos para el siguiente día de sufrimiento y de resignación,
y cuando dan las doce con una copa en nuestras manos la tomamos con cuidado para
no romperla, no tomamos notas para no perderlas, ni enamoramos a una mujer para
que no diga que sí, pues en cuanto a amores tenemos la otra superstición:
imagino que la mayor desgracia que a un hombre le puede suceder es que una mujer
le diga que le quiere.
Si no le cree es un tormento, y si la cree... ¡Bienaventurado aquel a quien la
mujer dice no te quiero, porque ese a lo menos escucha la verdad!
Muchos como ellos, muchos otros trabajaron para impregnar a sus cercanos el
mensaje de Nochebuena y no reducirla a una compra y recibir los regalos.
Pero esta vez sacrificamos la urbanidad a cambio de la verdad, francamente, creo
que valgo más que mi criado decía un dramaturgo: si así no fuese le serviría yo
a él. En esto soy al revés del divino orador, esta noche yo le sirvo a él.
La belleza de pensar
Y no solo en lo que pudiéramos llamar la vida social, sino en la misma
naturaleza, tropezamos á cada instante con ilusiones y realidades.
No hay fenómeno en el Cosmos que no tenga una apariencia, que para el ser humano
es casi siempre una ilusión, y que no lleve dentro de sí una realidad, que es la
verdad científica.
El cielo es azul y finge una inmensa bóveda que nos envuelve. ¡Y qué hermosa y
qué clara y qué esplendente se nos muestra en las horas del día, y qué techonada
de estrellas en las noches tranquilas, y despejadas! Es el cielo, y este nombre
la damos. Y con el pensamiento le seguimos prolongando hacia el infinito, cada
vez más azul y más espléndido, y más poblado de ángeles y de seres celestiales.
Crítico de los sentimentalistas que buscan dar una noche de felicidad. Vaga la
vista sobre la multitud de artículos y folletos que yacen empezados y no
acabados más de seis meses sobre mi mesa, y de que sólo existen los títulos,
como esos nichos preparados en los cementerios que no aguardan más que el
cadáver; comparación exacta, porque en cada artículo entierro una esperanza o
una ilusión.
Ahora vuelvo los ojos a los cristales de mi balcón; los veo empañados y llorosos
por dentro: los vapores condensados se deslizaban a manera de lágrimas a lo
largo del diáfano cristal; así se empaña la vida, pensaba; así el frío exterior
del mundo condensa las penas en el interior del hombre; así caen gota a gota las
lágrimas sobre el corazón. Los que ven de fuera los cristales, los ven tersos y
brillantes; los que ven sólo los rostros, los ven alegres y serenos...
¡Siempre la ilusión, bella y consoladora; siempre la realidad, árida,
implacable y fría!
Y si de las esferas celestes descendemos á la tierra, apenas batirá la péndola
del reloj un segundo, sin que en tan corto tiempo tendamos la mano con anhelos
de esperanza para coger una ilusión, y martirice nuestra carne la aspereza de
una realidad.
En el hombre más sabio, en el cerebro más noble, ¡cuántas necedades, cuántas
ignorancias no andan acurrucadas por los rincones de las misteriosas celdillas!
En el corazón del hombre más leal, ¡cuántas traiciones no se retuercen,
siempre esperando hacer presa!
La mujer más hermosa, vista al microscopio, ¡qué ser tan horrible! Su cutis
suavísimo, mentira; sus ojos llenos de luz, mentira también. Suavidades,
coloraciones, dulces ondas, espléndida cabellera, todo bien analizado se
resuelve en prosaico conjunto de enmarañados tejidos, de celdillas, cada una de
las cuales es un animalillo antiestético, ó en reacciones químicas nauseabundas.
Otra vez la ilusión, con todas las ilusiones del amor: otra vez la realidad, con
su escalpelo, que es verdadero escalpelo para el hombre.
En los campos, y en las selvas y en los montes, lo mismo en las flores que en
las espumas, de lejos hermosuras espléndidas, de cerca tierra y barro ó sucio
polvo: hojas y flores llenas de animalillos. Blancas espumas que se deshacen en
la playa y se convierten en agua de cruel amargor.
En todas partes lo mismo: la ilusión consoladora y bella, la realidad que
analiza, seca y destruye, y nos devuelve ilusiones y esperanzas hechas jirones,
sin más jugo que el de la burla ó el del escarnio.
Están a merced de nuestros lectores todas nuestras meditaciones; no hay
periódicos en Luque, acaso hay suficientes lectores, ¿se puede ser filosofo con
el estomago vacio?.
Dichoso el que tiene oficina, dichoso el empleado aun sin sueldo o sin cobrarlo,
que es lo mismo: al menos no está obligado a pensar, ¡puede fumar, puede leer
una Gaceta.
¡Las cuatro! ¡La comida!, me dijo una voz de criado, una voz de entonación
servil y sumisa; en el hombre que sirve hasta la voz parece pedir permiso para
sonar.
Estas palabras me sacaron de mi estupor, e involuntariamente iba a exclamar como
don Quijote: "Come, Sancho hijo, come, tú que no eres caballero andante y que
naciste para comer", porque al fin los filósofos, es decir, los desgraciados,
podemos no comer, pero los criados de los filósofos...
Una idea más luminosa se me ocurrió; Navidad. Me acordé de que en sus famosas
saturnales los romanos trocaban los papeles y que los esclavos podían decir la
verdad a sus amos. Costumbre humilde digna del cristianismo. Miré a mi criado y
le dije esta noche me dirás la verdad.
Mi criado se rió. Era aquella risa del demonio de la gula que reconocía su
campo. Tercié la capa, calé el sombrero y me eche a la calle.

¿Qué es un aniversario? Acaso un error de fecha. Si no estuviera compartido el
año en trescientos sesenta y cinco días, ¿qué sería de nuestros aniversarios?
Pero al pueblo le han dicho: hoy es un aniversario y el pueblo ha respondido:
pues, si es un aniversario, comamos doble. ¿Por qué comer hoy más que ayer? O
ayer pase hambre, hoy pasará una indigestión la miserable la humanidad destinada
siempre a quedarse más acá o ir más allá.
¿Es que no existirá belleza ni consuelo más que en la mentira?
¿Es que la verdad será siempre desesperada y triste?
¿Será ilusión siempre el arco iris?
¿Será siempre la verdad un esqueleto?
¿Será el pesimismo la única filosofía verdadera?
Las sentencias de muerte hay que pensarlas mucho. Para condenar á pena capital
siempre hay tiempo de sobra. No nos precipitemos.
No hay que negarlo. La ciencia es implacable, y al parecer es fría y árida y
mata muchas ilusiones.
Pero esto no debe de extrañarnos. La ciencia es eminentemente analítica:
descompone, divide; hace la autopsia de las cosas y de los seres; de sus manos
sale el universo hecho polvo, y el polvo de un arenal tiene pocos elementos
estéticos.
La ciencia divide á los cuerpos en moléculas, á las moléculas en átomos: aplica
la mecánica y aplica el cálculo; y todo lo reduce a movimientos y a números.
Este es el primer esfuerzo de la razón, esfuerzo eminentemente analítico.
Los fenómenos complejos no los comprende de pronto, no los puede abarcar, tiene
que dividirlos en hechos aislados, y cuanto más sencillez, mejor para el
estudio.
Pues esto nos explica por qué las ciencias positivas son eminentemente
pulverizadoras: por qué sus primeros resultados destruyen todas las ilusiones de
los sentidos.
El hombre lo primero que siente son las unidades, las armonías, los conjuntos
sintéticos, los fenómenos en su complicación, mejor dicho, ciertas resultantes
grandes ó pequeñas de estos fenómenos. El cielo con todas sus luces y colores y
todos sus astros.
El mar con todos sus oleajes y todas sus espumas, y perdiéndose en el horizonte,
que no parece sino que desagua en el mismo cielo.
El bosque con todos sus árboles y todas sus hojas, con sus luces y sus sombras,
con sus misteriosos murmullos y su hervidero de vida; los grandes valles con sus
ríos, las grandes montañas con sus nieves, el aire con sus aves, las
muchedumbres con la grandeza oceánica de sus pasiones, el hombre con las
complicaciones de su ser, la mujer con sus hermosuras, que si se las toca para
analizarlas se las profana.
Siempre la unidad cuajada de variedad y de relaciones múltiples, de donde
resultan trágicos contrastes como entre nubes tempestuosas cargadas de
electricidad ó divinas armonías.
Nosotros mendigamos
"Navidad es entregarse, darse. Nos damos porque alguien nos ha dado la vida.
Para mí que soy cristiano, ese alguien es Dios.
Para el que no lo sea, igual la vida también es un regalo. Y cuando a ti te
regalan, agradeces y buscas cómo agradecerlo.
Nosotros les pedimos a los niños hacerlo a través de ellos.
Nosotros somos los mendigos".
Pero el gesto, el compromiso de cada uno, dice, debe durar todo el año.
"Al igual que los Reyes Magos, que luego de adorar a Jesús -y advertidos en
sueños de no regresar donde Herodes- tomaron otra vía de regreso a sus tierras,
la idea es que quienes participen experimenten un cambio verdadero en sus vidas,
donde la solidaridad y el amor el prójimo sean los pilares".
Contentar a los que tienen menos, prosigue, como gesto no es malo, pero no se
trata de caer en un sentimentalismo llorón de tener que darles juguetes a todos
los pequeños, ni de andar recogiendo los que quedan en el camino -que otros ya
no usan para repartirlos.
"Decirles esta noche pásalo bien, olvídate de tu realidad, es sólo una
aspirina".