Una parte del partido de Gobierno elevó mediáticamente las pretensiones del
Ejecutivo relacionadas con la reelección del Primer Mandatario, mediante una
simple reforma a la Ley en el Congreso.
La constitución es clara en ese aspecto según el senador Eusebio Ramón Ayala.
Este Constitucionalista asegura que "nuestra carta magna no le permite al
Ejecutivo ni a nadie, sino se tiene dos tercios de los votos en el Senado",
"dando con ello, además, por concluida la transición a la democracia" dicen.
Según esta versión, salvo la reforma del sistema electoral, el diseño
institucional de nuestro sistema político estaría terminado, abriéndose paso con
ello a un funcionamiento de plena normalidad, pero eso solo es posible si el
Congreso Nacional le da los dos tercios de los votos , cosa que actualmente el
Ejecutivo no tiene.
Aunque se introducirían cambios y mejoras democráticas importantes, en alguna
medida sólo constituiría el certificado de defunción de instituciones que
deberían ya estar fenecidas de muerte natural, como es el descontrol del Poder
Judicial, que en concomitancia con el Ejecutivo han violado dicha Constitución.
Pero, la actual Constitución no sintoniza con los valores democráticos al
otorgar certificado de plena legitimidad a una carta magna impuesta por un
régimen -el colorado- que venia saliendo de 35 años de una cruel dictadura
militar en el año 1989.
De ahí que no es extraño que a menos de dos años de fenecer el mandato del
actual Presidente de la Republica, surjan propuestas de modificarla, para que
cuente con la legitimidad de la soberanía popular a través del Congreso. (además
de propuestas de modificar el sistema electoral como lo es la reelección,
materia de una ley orgánica constitucional).
El hecho de que parte de estos planteamientos surjan desde la propia coalición
de gobierno, denota un distanciamiento importante con el valor que El Palacio de
López le pueda dar a estas reformas.
Sectores opositores han mencionado que la convocatoria a una asamblea
constituyente, tema que merece una reflexión más a fondo.
No sólo por su propia denominación, que lleva implícita reminiscencias y cargas
subjetivas que hacen pensar en crisis profundas de las instituciones públicas,
cuestión que -fuera de toda duda- ocurre en el país.
Además, exhibe un problema de fondo, ya que tal mecanismo de la reelección no
está previsto en el actual cuadro institucional, y en tal circunstancia, no
merece ni siquiera la creación ad-hoc de una Comisión Constituyente -como se ha
propuesto- si el Ejecutivo no cuenta con los dos tercios en el Congreso, esto
generaría una presión institucional que podría paralizar en muchos aspectos al
país.
Entonces, el desafío es encontrar un mecanismo de bajo perfil, de amplia
representación y capaz de trabajar los acuerdos de propuestas, para luego
someterlos al veredicto popular, como un acto fundacional de la etapa que se
iniciará con el Segundo Centenario.
Que tenga el espíritu de la democracia de los acuerdos, sin los vicios de la
exclusión y la falta de participación.
Es esencial llegar al Bicentenario de la República con una norma fundamental en
la que nos reconozcamos todos los paraguayos, y en la que se exhiban de manera
armoniosa los desarrollos ciudadanos, institucionales y de valores que el país
ha experimentado en estos años.
Su logro puede ser el compromiso de los paraguayos de hoy con las generaciones
que refundaron el país en medio de la guerra. El Paraguay surgió en medio de un
país desbastado por la Guerra de la Triple Alianza, esa infamia hecha al
Paraguay es un ejemplo de valor de las futuras generaciones y, por sobre todo,
con las del futuro.
El Paraguay de hoy no se traumatiza por asumir sus cambios sociales y
culturales, cada vez más propios de una democracia moderna: la tolerancia, el
apego a las libertades, el respeto a la diversidad y el pluralismo cultural.
La madurez que se expresa en la ruptura de los cánones de género hasta hoy
tradicionales en la política, en la aceptación de una concepción amplia y
diversa de familia, y, lo que quedaría como un hecho anecdótico, seria el
hacerse llamar "Tendota" (el que manda) como si ya los paraguayos no tuviéramos
bastante con dictadorzuelos que se hicieron llamar "el Rubito" "Rubicha" los
Leka" como queriendo hacerse respetar mediante el miedo.
Todo esto, que tanto les cuesta aceptar a los sectores ultramontanos y
conservadores de nuestra sociedad, se expresa bien en la actual Constitución, en
la mayoría de sus capítulos, lo que se agrega a su legitimidad de origen.
Si no existe un clima de consenso político básico, -los dos tercios de los votos
en el Congreso- que demuestren la aprobación de las reformas democratizadoras,
además de una atmósfera cultural y política de normalidad, podemos tener un
fondo social y político para concretar el proyecto de una nueva Constitución
para el Bicentenario.