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uando
mi tío Fifo venía de Santiago era más que obvio lo que iba a pasar: había que
irlo a buscar al aeropuerto, en los tiempos en que el aeropuerto de Asunción que
estaba en Luque era más ordinario y colapsado que el de ahora, en esa época
Luque llegaba hasta un arroyo que se llamaba Ita'y hoy convertido en cloaca, en
esa época en el Ñu Guazu no estaban esas hermosas villas y solo se divisaba a lo
lejos la vetusta Cruz del Santuario de San Juan Pablo II.
El bus se atrasaba en llegar, las rutas estaban en pésimo estado, el tío llegaba
transpirado entero en pleno mes de enero y con cara de apestado, había que
cargarle sus maletas negras y ridículas atestadas de cosas.
Nos preguntaba que íbamos a ser cuándo grandes, yo quería ser intendenta, porque
el primo de mi mamá se postulaba a la Intendencia, que cuándo me iba a cortar el
pelo, y yo escuchaba que a los de pelo largo se les cortaba a la fuerza, que
cuándo iba mi papá a cambiar de trabajo, para eso tuvieron que cambiar muchas
cosas en el Paraguay, las cosas cambiaron y no le fue mejor en su nuevo trabajo,
y por qué no habíamos ido a verlo a Santiago, que en verano daba gusto.
Llegaba a la casa sin bajar nada, se pegaba una ducha de tres horas y
eternamente cantaba bajo la ducha, salía bien peinado como engominado y bien
afeitado, antes de darnos a mí y a mis hermanos un libro, y algunas revistas,
sacaba de la maleta unos cuantos regalos traídos de Santiago, de mi tía casi no
me acuerdo.
Siempre venía en verano, recuerdo que en el golpe del 3 de febrero de 1989 él
estaba aqui, con el termómetro al rojo, regañando a mi papá para que nos diera
más apertura "tienen que ellos formar su personalidad, de ellos propia" le
comentaba a mi papá, nadie podía saltar por la ventana, cosa que solíamos hacer
con mi prima Penélope, yo y ella tenemos la misma edad, lo hacíamos para acortar
camino cuando jugábamos, mi prima se disculpaba con su papá, pero al rato lo
volvíamos a hacer.
El tío siempre tenia una sorpresa, una vez vino llegando con mi abuelita a casa,
mi abuelita en esos años contaba con 82 años, mi papá nunca se imagino que con
esa edad la abuela haya viajado 3.000 kilómetros hasta nuestra casa, mi abuela
siempre le aconsejaba a mi papá, en una oportunidad le dijo a papá que no nos
dijera nada por los pósters de Guns N' Roses, que eran buena música y no había
mal ejemplo en eso.
Pero el tío que es un sociólogo, hasta la médula, teníamos que obligarlo para
que dejara de conversar de política con papá y que nos tomara más en cuenta a
nosotros, en esos años nuestra quinta en Maramburé se encontraba en medio de una
gran vegetación y con algún vecindario.
Solía levantarse a las 8 para tomar café, preparábamos un gran puchero, todos
los días, ese era un festín para él, luego paseábamos por la quinta a tomar aire
fresco, porque había aire fresco, puro no contaminado.
Su imagen de viejo anticuado y gruñón desaparecía en el mismo instante en que
veía a mi abuela materna, -a quien yo llevo en el alma- ella una emigrante
alemana y a su hermana, mi tía Bernardita, él tío Fifo era su padrino de
casamiento.
Recuerdo que hasta una vez coincidió con el cumpleaños de ella y estuvo toda la
tarde como un mita´i, (niño) escuchando música y jugando a los países con
nosotros. Se lo dije a mi mamá que parecía un niño, pero ella me decía "Déjalo
que rejuvenezca por un rato, hija". El tío Fifo no era un vejete, era joven y
apuesto, han pasado los años y aun lo recuerdo como un hombre elegante e
inteligente. Y así fue.
Cada paso del tío era un sismo grado 8, sinceramente no sabía lo que era peor en
ese entonces. Lo concreto es que el día en que el tío decía adiós la paz volvía
automáticamente a esta casa y yo podía saltar tranquilamente por la ventana,
aunque sola porque él regresaba con mi prima, yo le volvía a regalar las
pastillas de anís al perro, pero con toda tranquilidad.
Este verano el tío Fifo no vino, y hasta lo llegué a extrañar, quizás sea por el
aire familiar y el parecido que tiene con mi papá, que ya hace años nos dejó.
Hace un mes supe de su enfermedad, y que había que ir a acompañarlo. Apenas pude
verlo. Estaba acostado en su pieza, siempre cerrada, con un doctor entrando y
saliendo todos los días y una enfermera puertas adentro.
Ya no tenía fuerzas para pararse. Los 88 años le pesaban como nunca antes.
Llegué a verlo agonizando, y comprendí que nada era para siempre. Rogué por
verlo, causando desastres como niño chico, arruinando nuestros desordenes de
verano con mi prima, éramos muy felices con el tío, pero fuera de este presente
electrónico, el cual nunca me lo hubiese imaginado.
Pero fue inútil. Hace unos días el tío Fifo dijo adiós. Y yo con la frialdad
enfermarte de mis años, de estos tiempos, no derramé una lágrima sincera por él,
por la rabia de no haberlo tenido mas junto a nosotros, hago mía las palabras de
Gabriel García Márquez; ¡¡Carajo!! Las vainas que inventa Dios...
Luque, verano de 2045.
El canto del sueño
por el Tío Fifo.
Yo sé que el tío Fifo aspiraba vivir hasta los
cincuenta años.
Medio siglo le parecía tiempo suficiente para realizar una vida.
En menos se puede escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo.
Por cierto, el tío Fifo no se imaginaba viviendo hasta los 88 años.
Porque el tío Fifo le temía a la vejez.
Le temía por su movimiento perezoso, ese que sigue al paso firme y presuroso.
Le temía por su soledad y desamparo.
Le temía sobre todo por la desmemoria que provoca el Alzheimer.
Por todo esto, no quería vivir más de cincuenta años.
Con sus 88 años y moribundo, en el crepúsculo de sus días, o sea, cuando
realmente un hombre puede saber si ha sido feliz, pensaba que la vida había sido
generosa con él.
Por de pronto, todos los temores que imaginó acerca de la vejez habían
desaparecido.
Se dio cuenta que no había perdido la movilidad, y tampoco la memoria.
Al contrario, con la edad había logrado desarrollar tan bien la facultad de
evocación, que podía refrescar
lejanos recuerdos con una precisión
asombrosa.
Ahora, entre familiares y amigos que entraban y salían de la habitación, podía
divisar la presencia de Josefina,
su sobrina, que, a distancia prudente
observaba serena.
Vestida entera de negro, de pie, y cruzada de brazos, Josefina miraba pensativa.
Josefina miraba inteligente, como organizando los años del tío Fifo.
No lloraba; parecía querer ignorar el duelo.
Pero, no se resignaba.
Sin despegar la vista de la caja de madera, Josefina pensaba que también ahí se
iba algo de
aquella niñez que había llevado consigo casi trece
lustros.
Josefina sintió palpitar su corazón y, con su ritmo -en plena armonía con su
ritmo-,
entonó "el canto del sueño" del tío Fifo:
El canto del sueño
No olvides un solo momento que estoy contigo.
No olvides que tienes un espíritu fuerte.
Tampoco olvides que el tiempo es tu aliado.
Y que puedes ensanchar el mundo cuanto quiera tu imaginación.
No olvides lo mucho que te ha dado la vida.
Y lo poco que te ha arrebatado.
Sobre todo cuando estés cansada,
cuando te sientas abatida y desilusionada,
no olvides nunca el valor de lo que eres,
porque entonces podrías olvidar el valor de lo que somos.
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